Mi primera bienvenida a la Universidad de Cambridge fue por parte de la capellana de mi College. Debo admitir que algún impacto cultural era inevitable, viniendo de un entorno católico. No mucho después me enteré de que nuestra autoridad eclesial no solamente es mujer, sino que también está casada y organiza sesiones de jazz cada miércoles en la capilla.
Este artículo tiene la intención de relatar mi experiencia en un entorno secular intentando responder la siguiente preguntar: ¿Cómo sobrevive la fe en un ambiente que por generaciones ha cultivado los gérmenes del paradigma racional?

El ambiente, aunque secularizado, no es ateo. Más bien al contrario, conviven las más diversas expresiones de religiosidad. Se ha celebrado el Iftar de Ramadán en el Dinner Hall, se organiza una cena formal inspirada en la fiesta de Diwali propia del Hinduismo, y se extiende un mensaje a la comunidad por el festejo del Año Nuevo chino. La diversidad de procedencias de las personas que contribuyen al saber desde las más variadas áreas del conocimiento amerita tolerancia.
Sin embargo, aunque no hay hostilidad contra la religión, abunda mayoritariamente el desinterés. La mayoría de las iglesias son umbrales de turismo, otras han sido convertidas en cafeterías o incluso mercados, privadas de la sacralidad que las distinguía en antaño. No obstante, algunas estructuras y tradiciones religiosas aún perviven; las sólidas columnas de abanico de la capilla del King’s College se elevan majestuosamente al umbral divino, las campanas de Saint Mary’s Church resuenan cada día a las 12:00 horas y las comunidades colegiales se reúnen todos los días al atardecer en sus respectivas capillas a despedir la luz que se apaga por los vitrales con las canciones de alabanza al Señor.
En el ambiente pastoral universitario, la comunidad anglicana permanece, pero en grupos reducidos no hay sentido de unidad, de universalidad (katholós) como lo es en el catolicismo, cada fraternidad o College preside sus rituales con sus particulares normas. El fenómeno religioso representa una anomalía en una sociedad donde prevalece una fragilidad de los vínculos sociales. Ante una cultura tan individualista como la que permea el Norte global, las personas hallan refugio en la fe; conocen gente, se suman a un coro y rezan juntos, en fin, son acogidos en una comunidad. Esta búsqueda de pares no encuentra mejor cobijo que en un ambiente donde no hay discriminación por etnias, al contrario, unión por una misma convicción compartida.
La labor pastoral está centrada principalmente en el wellbeing, el bienestar; la Capellana ofrece cada semana conversaciones personales para hablar de cualquier tema o preocupación en el cotidiano acontecer, se realizan veladas de música, generalmente de jazz, con velas y oración, y se organizan algunas fiestas de celebración, bienvenidas o despedidas. Pero también se dedican a las actividades litúrgicas: coordinan misas express, acompañadas principalmente de música, sin exhortación. La música, la palabra viva (lógos) —no la recitación automática de versículos— es lo que mantiene la llama de la fe en el ambiente secular.
En síntesis, la fe no sobrevive, evoluciona; las vetustas tradiciones se transforman en un hogar de comunidad, de música y sentido. Dicho hogar representa una Iglesia que se adapta a los nuevos tiempos, a las nuevas necesidades del prójimo, tanto en lo personal como en lo comunitario, y que busca nuevas formas de expresión de la fe y de canalizar el atávico deseo humano de generar comunidad en torno a lo trascendente.