Hace poco se recordó el día que culminó el Concilio Vaticano II: 8 de diciembre de 1965. Pasaron 60 años. Mucho tiempo desde la actual moda de la obsolescencia. Poco tiempo desde la perspectiva bimilenaria de la Iglesia. Menos aún si se ve todo desde el horizonte de la eternidad. La percepción de León XIV parece ser esta última, pues desde enero está dedicando las Audiencias Generales de los miércoles a un nuevo ciclo de catequesis sobre los documentos del Concilio, que se prolongará a lo largo del año.
¿Qué significó el Concilio Vaticano II? Séame permitido compartir un recuerdo personal. Mi padre me contaba que cuando nací, un día después del 11 de octubre de 1962, fecha en que se inauguró el Concilio, su primera caricia fue “la caricia del Papa”. Se refería al pedido de Juan XXIII en su espontaneo Discurso de la Luna cuando, luego de inaugurar el Concilio por la mañana, recibió en respuesta inusitada por la noche a una multitud de 100.000 personas que acudió a la Plaza de San Pedro en impactante procesión con antorchas: “Se diría que incluso la luna, obsérvenla en lo alto, se ha apresurado esta noche para mirar este espectáculo (…) Regresando a casa encontrarán a los niños. Háganles una caricia y díganles: ésta es la caricia del Papa”.

Si se admite la simplificación de la metáfora, podría decirse que el Concilio fue una “caricia a la humanidad”. Gaudium et spes (los gozos y las esperanzas), las tristezas y angustias de la humanidad de nuestro tiempo, son los de la Iglesia, decía este documento aprobado tan solo un día antes de la clausura del Concilio entre emotivos aplausos. Se trataba de mostrar la presencia y cercanía de la Iglesia. No para acomodar la Iglesia al mundo. Más bien, para que la Iglesia haga comprensible el modo como Dios sale a nuestro encuentro. El modo encarnatorio. Aquel del Verbo encarnado: “Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en el corazón de la Iglesia (…) El misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado (…) Cristo revela plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación”, proclamaba la mencionada constitución apostólica.
Nada más alejado de una mala comprensión del “aggiornamento” (puesta al día) que demandaba que la Iglesia se acomode al mundo. Más bien, presentación de la Iglesia como sacramento en medio del mundo, es decir, como presencia visible de lo invisible, como enfatizaba Lumen gentium: “La Iglesia es en Cristo como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano”.
Todos los otros documentos conciliares siguieron esta ruta presencial y encarnatoria. ¿Por qué, entonces, hubo crisis eclesiásticas después del Concilio? Tal vez porque no se leyó bien los documentos y se siguió una dinámica distinta, externa, similar a la de los mass media, como advertía Benedicto XVI. Así, algunos propusieron una ruptura con la tradición anterior en vez de una renovación en continuidad, como la acentuada años más tarde por Juan Pablo II a través de su antropología cristocéntrica y de su acogida al llamado de Pablo VI en Evangelii nuntiandi —publicada exactamente 10 años después de la clausura del Concilio— a caminar hacia una renovada evangelización de la cultura y de las culturas, asumida por nuestros obispos latinoamericanos en la Conferencia de Puebla, así como en las subsiguientes, y recordada más recientemente por Francisco en Evangelii gaudium.
Parece, pues, tarea pendiente revisitar los textos mismos del Concilio Vaticano II. En ello León XIV nos podrá ayudar con las catequesis prometidas para comprender mejor, por ejemplo, lo que quiso decir el Concilio en su Mensaje a los Jóvenes en el día de su última sesión, hace 60 años, al afirmar que “la Iglesia es la juventud del mundo”.




