Homilía misa de salida misiones y trabajo UC verano 2026
Meditemos la historia de los Reyes Magos y dejémonos leer por ella. Nuestra presencia aquí, nuestra disponibilidad a partir de una inquietud o búsqueda, tiene algo profundamente análogo con lo que vivieron ellos. Imaginémonos estos hombres sabios, cultos, expertos en el saber más preciado de su tiempo: el conocimiento del cielo, de los astros y de su movimiento. Imaginemos sus corazones y sus mentes llenos de un deseo sin nombre, casi una nostalgia: la sensación de que algo en su tiempo no estaba completo, que algo faltaba, sin saber exactamente qué y, de repente, un signo aparece en el cielo. Una novedad, un acontecimiento que marca una anomalía, un fenómeno que rompe los patrones de siempre y promete. En sus corazones una nueva esperanza toma, poco a poco —el lugar de la nostalgia el deseo de una novedad—, conjeturan, tiene su respuesta: «si seguimos la estrella, lo encontraremos».
Pensemos ahora en nosotros: acaso ¿no nos ha pasado lo mismo? Todos tenemos, como los Reyes Magos, una inquietud en nuestro corazón, un deseo, una falta, una sed. No siempre somos conscientes de ella. A veces tiene, simplemente, la forma de aquella tristeza que se apodera de nuestro corazón cuando una cosa bella termina; a veces es el deseo de encontrar un amigo verdadero, una comunidad a la que pertenecer donde pueda ser comprendido y acogido; a veces, más conscientemente, es el deseo de una vida vivida bien, útil, que deje una huella en la historia. La idea de participar en misiones, que puede haber surgido de la forma más diversa para cada uno —una intuición, un post en Instagram, la invitación de un amigo o de un familiar— y el viaje al encuentro de la novedad que mi corazón desea empezó también para mí. Así el evangelio se hace contemporáneo: un texto escrito hace dos mil años habla hoy de mi experiencia, la describe y la desafía.
¿Cómo la historia de los reyes nos desafía? ¿Qué enseñanzas nos deja?
Primero, quiero destacar la importancia del deseo. Puede que no estés acostumbrado a nombrarlo, a conectar con él; puede incluso que seas escéptico y pienses que los grandes deseos e ideales son para personas ingenuas e irremediablemente románticas: bello, dulce, pero imposible. La historia de los Reyes te enseña lo contrario. Su deseo les permitió descubrir lo que nadie más estaba viendo y que, sin embargo, era bajo la mirada de todos: la estrella que los llevaría al encuentro con quien salva el deseo porque es la respuesta sobreabundante a ello. Si no mantenemos vivo el deseo, si no aceptamos la condición de pobreza de quien desea —si deseo es porque no tengo lo que deseo—, las miles de estrellas que el Señor quiere mostrarnos en estos días quedarán sin ver y sin descubrirse.
En segundo lugar, quiero destacar una consecuencia importante de tomarse en serio el deseo: la huida de la banalidad. Vivimos vidas ordenadas y rutinarias. Pertenecemos a grupos de amigos más o menos estables, vivimos la vida más o menos tranquila del estudiante universitario. Tendemos a llevar a nuestras zonas las mismas lógicas, el mismo estilo de conversaciones: «¡Qué bueno fue el carrete el otro día!», «¡Qué simpática es la Luli!», «¡Conoces al Feña, que si es primo de Pancho!», «¡Que, por cierto, los estudiantes del Colegio X no saben inglés o los de Y son unos desordenados! O las conversaciones de siempre de cualquier grupo, en las cuales se habla mucho, pero no se dice ni se escucha nada. No, la enormidad del deseo de nuestro corazón no puede tolerar esa banalidad. ¡Que nuestras conversaciones estén siempre a la altura del deseo! ¡Que si caemos en la banalidad de una conversación sin sentido, levantemos la mirada! Ayudémonos en estos días a vivir a la altura de él, poniendo preguntas discretas, pero serias: ¿Cuál es la experiencia de belleza que más ha hecho vibrar tu corazón? ¿Qué te emociona en lo que estudias? ¿Quién es Dios para ti? ¿Cuál es el deseo que sientes con más fuerza? ¿La verdad? ¿La justicia? ¿El amor? ¿La felicidad? ¿Qué significa ser felices?
Preguntas a la altura del deseo de nuestro corazón: ¿Cuál es la experiencia de belleza que más ha hecho vibrar tu corazón? ¿Qué te emociona en lo que estudias? ¿Quién es Dios para ti? ¿Cuál es el deseo que sientes con más fuerza? ¿La verdad? ¿La justicia? ¿El amor? ¿La felicidad? ¿Qué significa ser felices?
Por último, quiero destacar la importancia de lo excepcional. Que suceda lo que deseo no es tan frecuente. Al contrario, es tan raro que, cuando sucede, dentro de mí digo: esto es excepcional. Quisiera que algo así pasara todos los días, sin embargo pasa sólo excepcionalmente. Como una conversación profunda con un amigo íntimo, como un momento de comunión humana alegre y profunda, como un momento de conexión con el todo rara vez experimentado. Los Reyes Magos buscaban la respuesta a las inquietudes más acuciantes de su época y encontraron a un Niño que, sin embargo, era excepcional. Nosotros encontraremos la pobre humanidad de los otros voluntarios y las comunidades y, sin embargo, haremos experiencia de que, en parte inesperadamente, estos encuentros serán una gracia, un acontecimiento, una respuesta. Habrán entendido que lo excepcional que sucedió en la vida de los Magos —y que sucederá en la nuestra— no es otra cosa que el nombre de Dios. Dios es el que hace suceder el atisbo excepcional de respuesta: la única condición necesaria para reconocerlo es que yo tenga vivo el deseo y no lo sepulte bajo una tonelada de banalidad.




