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La atención en la era de la IA

Hace pocos días, un estudiante me contó que, ante un ensayo con fecha de entrega esa misma noche, le pidió a la inteligencia artificia (IA) que se lo escribiera. En diez segundos tuvo el texto. Lo entregó y se sintió aliviado. Pero, me confesó, algo le quedó dando vueltas: había cumplido con la tarea, mas no sabía si había aprendido algo. Esa inquietud, tan cotidiana hoy en nuestras aulas, es la misma que ya intuyó, hace casi un siglo, la filósofa francesa Simone Weil (1909-1943). 

Esta pensadora fue obrera, profesora y mística. En un breve ensayo sobre el buen uso de los estudios escolares sostuvo que el fin de un problema de geometría o de una traducción no es tanto el resultado correcto, sino el ejercicio de una facultad: la atención. Para ella, atender no es tensar la voluntad hacia una meta, sino algo más humilde y más difícil: suspender el pensamiento, meditar lo que está pensando, dejarlo disponible para ser penetrado por lo que se contempla. Esa misma capacidad de espera receptiva, decía, es la que después nos permite reconocer al que sufre y orar de verdad. 

Aquí aparece su intuición teológica más honda: así como Dios, en su humildad, se retira para dejar espacio a la criatura —lo que Weil llama des-creación—, quien aprende debe renunciar a la prisa por concluir y a la satisfacción fácil de una respuesta. Aprender, como creer, exige una cierta pobreza de espíritu. 

¿Qué ocurre entonces cuando delegamos ese esfuerzo en un sistema que responde al instante? El riesgo no es la tecnología en sí, sino que el estudiante deje de ser sujeto de su propio aprendizaje, privado de la espera que lo forma. Pero la pedagogía de Weil no invita al rechazo ingenuo: ella misma valoraba el trabajo y la técnica cuando no despojaban a la persona de su juicio. Usada con discernimiento, la inteligencia artificial puede liberar tiempo de tareas mecánicas para dedicarlo a lo que de verdad exige atención sostenida: comprender un argumento, formular una pregunta propia, meditar un texto difícil. 

El Papa Francisco, en su mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de 2024, pidió que la educación ayude “a promover el pensamiento crítico”2 ante estas herramientas. Ese discernimiento, humilde y paciente, es también un ejercicio de caridad: cuidar la propia capacidad de atender es cuidar la libertad verdadera, esa que no se agota en decidir rápido, sino en entregarse por entero a lo que —o a quien— tenemos delante. 

Vale la pena, entonces, hacerse una pregunta sencilla antes de abrir cualquier aplicación de IA: ¿esta herramienta va a proteger mi capacidad de atender, o va a sustituirla? Y, mirando nuestras propias rutinas de estudio o trabajo, ¿en qué momentos del día ejercitamos hoy esa atención paciente y desinteresada que, según Weil, nos prepara para amar? 

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