Estos días he caído en cuenta de que las cosas que llevo conmigo siempre, como mi libreta, mis libros, mis lápices, las cosas que me importan, y que habitualmente cargo, llevan mi nombre. Lo primero que hago al comprar un libro es poner mi nombre, agregar la fecha y el lugar. Cuando tengo un lápiz que me gusta mucho, al que le tomo cariño, le pongo mi nombre por un empeño de no perderlo o, si lo pierdo, que vuelva. Ponemos el nombre por un empeño de no perder.
No siento que sea por egoísmo, sino más bien por estima. Me gusta tanto esta libreta, me gusta tanto este lápiz, que no quisiera nunca perderlo. Y, sin embargo, cuando crecemos, nos damos cuenta de que en la vida muchas veces se pierde, y no solo lo material. Perdemos oportunidades, perdemos efectivamente cosas materiales, perdemos conversaciones, perdemos relaciones, perdemos personas, familia, sea por el fin de la relación o por la muerte. Pero perdemos.

El nombre aparece ahí como una pequeña resistencia. Porque el nombre no es solo una palabra, sino que el nombre es una forma de presencia. Un claro ejemplo es cuando una silla está reservada y se le pone una hoja con el nombre para quién está reservada, nada dice explícitamente que está reservada, pero que lleve un nombre que no es el propio me indica que no es mío, que corresponde a otro, que es de otro. El nombre hace presencia en la ausencia, donde hay un nombre hay alguien.
El nombre es lo que queda cuando todo lo demás se pierde. Nombrar es, de algún modo, resistirse a la desaparición. Massimo Recalcati en La luz de las estrellas muertas, hablando sobre la muerte como desaparición, dice: “La desaparición es un alejamiento que se ve impulsado hacia sus más oscuras profundidades. No quedan huellas de quienes se han ido, no habrá más contactos, ya no habrá posibilidad alguna de encontrarlos”1. Por eso escribimos nuestro nombre en las cosas, por eso queremos que alguien nos nombre, porque ser nombrado es no ser del todo olvidado, porque el nombre es una huella.
Filosóficamente, el nombre toca una dimensión esencial de la identidad. No somos simplemente algo que es, sino algo que puede ser llamado. En este sentido, como muestra Paul Ricoeur en Sí mismo como otro, la identidad no se reduce a lo que permanece igual en nosotros, sino que se sostiene en el tiempo como algo que puede ser reconocido. Y ese reconocimiento pasa, de manera decisiva, por el nombre.
El nombre no es un añadido exterior, no es solo una etiqueta, sino aquello que permite que alguien sea alguien para otro. Es lo que hace posible que, en medio del cambio, en medio de la pérdida, en medio incluso del olvido, alguien pueda seguir siendo llamado como el mismo. El nombre sostiene la continuidad cuando todo lo demás parece fragmentarse.
Desde aquí, el nombre aparece como el punto donde la identidad se vuelve invocable, ya que no solo somos, sino que podemos ser llamados. Y en esa posibilidad de ser llamados, de ser nombrados nuevamente, incluso después de la pérdida, se juega algo esencial de lo que somos, porque quizás la identidad no consiste solo en persistir, sino en no dejar de poder ser pronunciados. El nombre nos sitúa en relación, se ve cuando alguien me llama, alguien me reconoce, alguien me recuerda, el nombre me indica, me llama. Sin esa llamada, la existencia se vuelve difusa, casi anónima. El nombre nos rescata de la indiferencia.
Y, sin embargo, la experiencia de la pérdida parece profundizar el problema. Perdemos cosas, perdemos vínculos, perdemos incluso a quienes sabían nuestro nombre de una manera única. Freud, leído por Recalcati, permite comprender que la pérdida no es solo externa. Recalcati en el mismo libro haciendo referencia al psicoanálisis de Freud dice que “la separación no se limita a alejar al sujeto del objeto perdido, sino que lo aleja también de una parte de sí mismo” (p.25). Cuando perdemos algo, alguien importante, perdemos simultáneamente una parte nuestra, se siente un vacío. Dice luego: “En los objetos que nos son más cercanos y en los que hemos amado a lo largo del tiempo, siempre hay algo de nosotros que permanece, que aspira a sobrevivir, que evoca eternamente los lugares en los que hemos estado”2.
Hay un momento en que uno podría preguntarse si también el propio nombre se pierde, si queda suspendido en un silencio donde ya nadie lo pronuncia, ¿qué pasa si nadie me pronuncia?
En ese punto, la reflexión vuelve a abrirse hacia la teología. En la aparición de Jesús a María Magdalena en Juan 20, Jesús llama a María por su nombre y ella recién allí le reconoce. No hay discurso, no hay explicación, solo un nombre: “María”. Y en ese instante todo se reordena, el reconocimiento no pasa por la vista, sino por la voz que nombra. Es como si en ese nombre se le devolviera a ella misma, como si dejara de estar perdida. Recalcati dice: “No es casualidad que Lacan nos recuerde que el amor es siempre amor del nombre: amor por un sujeto que no se deja confundir en la serie anónima de los otros”3.
Esta escena ilumina también el texto de Isaías 49,16, que pertenece al llamado “Segundo Isaías” (caps. 40-55), donde se anuncia el consuelo tras el exilio: “Aquí estás, tatuada en mis manos, tengo siempre presentes tus murallas”. Habla Dios, Yahvé, a través del profeta, y le habla a Sión/Jerusalén, que representa al pueblo de Israel. En el contexto del versículo, el pueblo se siente abandonado y dice: “Decía Sión: ‘me ha dejado Yahvé, el Señor se ha olvidado de mí’” (Is 49,14). El pueblo está en el exilio en Babilonia, experimentando la ruina, las “murallas” destruidas, y el abandono, “Dios nos olvidó”.
Entonces, ¿qué significa “tatuada en mis manos”? Es una imagen radicalmente fuerte, porque no es el pueblo quien se marca por Dios, sino Dios quien se marca por su pueblo. Es una afirmación de memoria absoluta, dice: “No puedo olvidarte”, “estás grabada en mí mismo”. Ahí es donde ese gesto de Dios se vuelve tan decisivo, pues no solo no olvida, sino que lleva inscrito el nombre. No depende de nuestra memoria ni de la memoria de otros. Hay una memoria más honda, que no se erosiona con el tiempo ni con la muerte.
Recalcati insiste: “’Puedes perderme’ presupone, pues, una invocación y un miedo: “podrías olvidarme como si yo fuera un paquete, un objeto, una cosa cualquiera, podrías prescindir de mí, podrías vivir excluyéndome de tu vida, vivir como si yo no existiera?” (…) Sin la presencia del Otro, la vida no se humaniza, no pasa de vida desnuda, de vida desprovista de sentido. “¿puedes perderme?” es la pregunta que originariamente dirige la criatura del hombre a su Otro para asegurar el sentido a su propia existencia”4.

Psicológicamente también hay algo muy profundo ahí, ser llamado por el nombre propio es ser reconocido en la singularidad irrepetible. No como uno más, no como parte de una masa, sino como alguien único. El nombre propio es aquello que no se puede sustituir, por eso duele tanto cuando se olvida, y por eso sana tanto cuando es pronunciado con verdad.
Quizás, entonces, ese empeño pequeño de escribir el nombre en las cosas no es tan trivial. Es una huella de algo más profundo: el deseo de permanecer, el deseo de no desaparecer del todo, el deseo de que algo de nosotros quede.
Pero la fe invierte esa lógica, pues no somos nosotros quienes, en último término, aseguramos que nuestro nombre permanezca, no somos nosotros quienes evitamos la pérdida definitiva, sino que es Otro quien nos nombra primero, quien nos sostiene en la memoria, quien nos lleva, de algún modo, inscritos en sus manos.
Y tal vez por eso, incluso en medio de tantas pérdidas, todavía es posible no desaparecer del todo porque hay un lugar donde nuestro nombre no se borra, porque hay una voz que, incluso cuando todo parece perdido, sigue llamando.


