El 25 de marzo se celebra el misterio de la Encarnación, el día en que el Verbo —“por medio del cual ha sido hecho todo cuanto existe (…) en quien estaba la vida»1— habitó entre nosotros. Que este día recordemos la dignidad del niño por nacer tiene un profundo significado, pues cada ser humano concebido viene también a poner su morada entre nosotros, al igual que Jesús, quien desde esa misma fragilidad e indefensión se hizo parte de la comunidad humana y, con ello, nos permitió ser acogidos como hijos de Dios.
La dignidad del niño por nacer posee un fundamento ontológico, el valor intrínseco de su ser está dado por el modo en que existe. Todo ser humano, por el mero hecho de pertenecer a nuestro linaje, está llamado a ser responsable: conocer el contenido y significado de sus actos y ser capaz de consentirlos. Por ello la dignidad es inalienable, viene dada con el ser, con independencia del valor moral de sus actos y, también, con independencia del estado de desarrollo en que se encuentre. Si el desarrollo de un individuo humano no se interrumpe ni entorpece por factores ajenos a su esencia, puede desplegar su carácter racional y libre. La mera posibilidad —capacidad— de ser responsable robustece su dignidad de criatura, que no puede perderse ni arrebatársele2; del mismo modo que no puede negársele su pertenencia a la estirpe del homo sapiens.
El niño por nacer se encuentra circunscrito por el aquí y el ahora, en el mismo presente en el que lo encontramos. No se trata de un individuo aislado ni dejado a su suerte, aun en su pequeñez, se encuentra fuertemente ligado a nosotros, su entorno, la comunidad concreta a la que arriba. Que su fragilidad facilite su exclusión no disminuye su presencia ni sus vínculos genéticos, biológicos, históricos, espirituales. Jurídicamente, se requiere un título para atribuir una relación de pertenencia, sea de un sujeto con una cosa o de un sujeto a una colectividad, por ejemplo, la matrícula o inscripción en algún grupo, escuela, sociedad, etc. Quien está por nacer ya posee un título por ser parte del linaje de nuestra especie. Así inicia su morada entre nosotros, ya en el vientre materno, pero no se detiene allí.
Quien está por nacer ya posee un título por ser parte del linaje de nuestra especie.
Estar vivo implica un acto de intercambio con el medio. El mismo acto permite distinguir al individuo vivo de su ambiente, del cual necesita para su subsistencia y al que, a su vez, desafía en un constante acto de diferenciación. Mientras más intercambio, más expuesto se encuentra a sufrir o ser abatido por la constante tendencia a la entropía de la materia, pero, simultáneamente, puede conservar y prolongar su vida. Tan profundo es ese desafío identitario que exige transmitirse a través de la reproducción y la herencia. La presencia del niño por nacer es un recordatorio de todo ello, “de la continua intervención de lo inexplicable”3 en que consiste la vida orgánica. En la comunidad política, el nonato es el símbolo de la vida en abundancia, que exige salir de sí misma para mantenerse como tal, exponiendo en ese proceso el más alto grado de vulnerabilidad. En la experiencia colectiva, el ser humano encuentra el sentido de sus acciones y vivencias a través de la palabra, que lo conecta con los otros, “debido a que se hablan y se sienten unos a otros a sí mismos»4. En su silencio, el niño por nacer también nos interpela mediante su preeminente lazo con la vida orgánica, esta vida que exige estar en relación.
En su silencio, el niño por nacer también nos interpela mediante su preeminente lazo con la vida orgánica, esta vida que exige estar en relación.
La intervención del proceso de la concepción y el desarrollo de la vida no es capaz de disponer ni modificar la esencia relacional que ésta posee, ni su carácter gratuito. La vida orgánica es un don, su esencia, su modo de ser, es indisponible para nosotros, viene dado. Del mismo modo, la pertenencia al linaje humano y, por ende, la inserción a la comunidad también es ajena a nuestra disposición. Ser parte, pertenecer a la comunidad humana es fuente indirecta de dignidad humana, pues reconoce el título que la atribuye. Este el solo el inicio de lo mucho que todavía queda por reconocer al más frágil e inocente de los seres humanos.




