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Shavuot, Pentecostés y sinodalidad

“Los Maestros que oran y transmiten la Torá se pusieron, pues, a ocuparse de las palabras de la Torá. […] Un fuego bajó del cielo y los envolvió. […] Y he aquí que estas palabras se volvieron gozosas como lo eran cuando fueron dadas en el Sinaí, y el fuego se puso a pulirlas como las pulía en el Sinaí”1. Con estas expresiones, los manuscritos judíos hacen referencia a la celebración de Shavuot o fiesta de las Semanas, de la cual deriva nuestra celebración de Pentecostés. En ella, los judíos actualizan la entrega de la Torá por parte del Señor en el monte Sinaí, 50 días después del paso por el Mar Rojo. La noche de Shavuot, se reúnen para meditar en torno a los preceptos de la Torá, que es fuente de toda la Alianza del Señor con Israel.

Flores para Pentecostés
Flores para Pentecostés

No es casualidad, pues, que Lucas ha querido expresar la efusión del Espíritu Santo, 50 días después de la Pascua, en los mismos términos en los que fue dada la Torá en el Sinaí (cf. Ex 19, Hch 2). Es en este nuevo Pentecostés en que la Iglesia, nuevo Israel, es consagrada por el Espíritu Santo; reposa ahora sobre ella la shekinah (gloria) del Señor. Y en el centro de la escena, nuevamente, la meditación de la Palabra del Señor. No me es difícil de imaginar que la primera comunidad de Jerusalén, reunida en torno a María, se encontraba orante en la misma actitud de los maestros de la Torá al momento de la efusión del Espíritu Santo. Y la Palabra de Dios que meditaban —la misma Palabra que Jesús les había transmitido tan íntimamente— se hizo fuego en sus corazones. “¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?” (Lc 24, 32).

La sinodalidad a la que el Espíritu Santo nos apremia debe estar enraizada fuertemente en esta experiencia de meditar, gustar y celebrar comunitariamente la Palabra de Dios.

Palabra, fuego, Espíritu Santo. En esta tríada se concentra el misterio de Pentecostés que la Iglesia está llamada a recoger desde la herencia del pueblo de Israel. Allí se contiene, a mi parecer, buena parte de la sinodalidad a la que estamos llamados en estos últimos tiempos —y a la que el Espíritu Santo nos empuja con más arrojo, a partir de los signos de los tiempos—. Ya sea en el desierto, al pie del Sinaí, ya sea en el Cenáculo, esperando al Paráclito, la comunidad orante que medita la Palabra del Señor es la que hace la experiencia de la visita de Dios en medio suyo. La sinodalidad a la que el Espíritu Santo nos apremia debe estar enraizada fuertemente en esta experiencia de meditar, gustar y celebrar comunitariamente la Palabra de Dios. Esta es la primera corresponsabilidad del Pueblo de Dios, el primer “caminar compartido” que podemos hacer como Iglesia. Frente a cualquier voluntarismo estéril o cálculo activista para nuestras comunidades, hemos de anteponer el discernimiento espiritual que nos da la meditación orante de la Palabra. La “escucha del Espíritu Santo” a la que nos invita el Papa Francisco2 no es posible sino solo en esta experiencia compartida de fe entre unos y otros.

Que en este Pentecostés el Espíritu Santo nos regale este don: el de meditar incesantemente, unos con otros, la Palabra del Señor. Que esta Palabra se vuelva fuego en nuestras comunidades, un fuego que grabe la Ley del Señor ya no en piedras como en el Sinaí, sino en los corazones. Así, la alegría del Señor será completa entre nosotros.

Ícono de Pentecostés
Foto de Rafa Sanahuja

 

Notas

  1. Talmud de Jerusalén, Hagigah II 77b.
  2. Papa Francisco, Discurso a los fieles de la Diócesis de Roma. 18 de septiembre de 2021.

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