
Hay algo paradójico, y a la vez expectante, en la revitalización que experimenta hoy la fe cristiana en Chile. Si bien hablar de un catholic revival sigue siendo controversial, existe consenso en que la crisis institucional de la Iglesia, y su impacto en la identificación sociocultural y religiosa, parece estar llegando a su fin. Algunos, como Emilia García, han ido más lejos: ser católico sería hoy «una forma de insubordinación suave», una actitud de rebeldía juvenil frente al nihilismo, la soberanía individual y la ingratitud predicada por la cultura dominante. Con todo, incluso el análisis más optimista debe reconocer que el agnosticismo moral y la secularización siguen ganando terreno, y que el renovado interés de nuevas generaciones por la fe son todavía —en lenguaje económico— «brotes verdes»: señales incipientes de recuperación que deben ser cuidadas, so pena de retroceder todo lo avanzado. La pregunta es qué deben hacer hoy los cristianos, enfrentados a la posibilidad de recuperar terreno perdido y participar, con renovados bríos, en el debate público.
Los problemas que enfrentan los valores cristianos son de orden estructural. No solo predominan, entre los más jóvenes, conductas, ideas y orientaciones reñidas con algunos de los principios más esenciales de la doctrina cristiana; también existen instituciones que reafirman y reproducen esos patrones. Las prácticas de la solidaridad, la reciprocidad y el encuentro son difíciles de ejercer en un contexto de desintegración social acelerada. Como afirmó el papa Francisco: «La vida subsiste donde hay vínculo, comunión, fraternidad; y es una vida más fuerte que la muerte cuando se construye sobre relaciones verdaderas y lazos de fidelidad». Fortalecer esas condiciones es una de las tareas más urgentes para los cristianos que se mueven en distintos terrenos.
La política entendida como la acción y el diálogo en torno a la búsqueda del bien común es indispensable para traducir esos brotes verdes en transformaciones estructurales que sostengan una orientación virtuosa de la vida colectiva: «La sociedad mundial tiene serias fallas estructurales que no se resuelven con parches o soluciones rápidas. Hay cosas que deben ser cambiadas con replanteos de fondo y transformaciones importantes. Sólo una sana política podría liderarlo, convocando a los más diversos sectores y a los saberes más variados». La revitalización de la fe abre así una oportunidad para desplegar una política de la esperanza que, bajo la inspiración de la Doctrina Social de la Iglesia, pueda responder a los principales desafíos sociales e interpelar a millones de personas. Esta política consiste en abrir espacios de esperanza —entendidos como formas de organización de base capaces de articularse con las instituciones existentes y de reproducir en quienes participan de ellos las capacidades inscritas en la naturaleza humana para recuperar el control sobre nuestras vidas, integrando a quienes hoy se encuentran marginados con independencia de su fe— y haciendo del pluralismo un valor fundamental.
Fortalecer esas condiciones es una de las tareas más urgentes para los cristianos que se mueven en distintos terrenos.
La crisis de nuestro tiempo
El Magisterio ha esbozado, en los últimos años, una aguda crítica a las condiciones de la vida contemporánea. En 2020, Francisco dedicó el primer capítulo de Fratelli tutti a examinar las tendencias que desfavorecen el desarrollo de la fraternidad universal: el resurgimiento de los nacionalismos, el «deconstruccionismo» cultural, el auge de una «cultura del descarte», la persistencia de graves conflictos geopolíticos y las dificultades de la comunicación en la era digital. Es preciso hacer frente a «este mundo masificado que hace prevalecer los intereses individuales y debilita la dimensión comunitaria de la existencia». La crisis de nuestro tiempo puede leerse así como una crisis de integración social: el deterioro de las condiciones para una vida colectiva cuyas prácticas cotidianas estén informadas por la virtud. Cada vez resulta más difícil encontrar espacios de trabajo común entre pares y hacer de la reciprocidad un valor estable en las relaciones entre personas. Esos rasgos se expresan también en la política, crecientemente insustancial y polarizada.
Pero los problemas de nuestra política no son, en rigor, políticos. Descienden de una crisis más profunda en la arquitectura normativa de la vida en común. Una sociedad atomizada, segregada y moralmente fracturada no puede generar instituciones virtuosas; y esas instituciones, a su vez, carecen de la capacidad para irradiar en su población los valores que harían posible el ejercicio de las virtudes cívicas. La corrupción de los valores fundamentales de los que depende la democracia condena a sus instituciones a la parálisis. Cualquier proyecto político sin profundidad antropológica está condenado al fracaso: debe partir de una visión del ser humano que le otorgue consistencia y permita orientar sus propuestas.
«Abrir espacios de esperanza en una sociedad atomizada y vaciada de sentido implica construir instancias en las que las personas puedan reconocerse unas a otras como parte de una tarea común».
Es un hecho que solo «recurriendo a las capacidades éticas de la persona y a la perpetua necesidad de conversión interior se obtendrán los cambios sociales que estarán verdaderamente al servicio del hombre». Pero sería un error igualmente grave dirigir la acción de los cristianos solo hacia la promoción de virtudes en abstracto, sin atender a las condiciones que hacen posible su ejercicio. Así como incurren en un materialismo ingenuo quienes pretenden resolver los problemas de la humanidad solo por la reforma de estructuras, no basta tampoco con predicar la virtud sin transformar el entorno que la dificulta. Allí donde priman las estructuras de pecado, ellas «se convierten en fuente de otros pecados y condicionan la conducta de los hombres». Los cristianos tenemos el deber de convertirlas en estructuras de solidaridad, virtud social fundamental, «mediante la creación o la oportuna modificación de leyes, reglas de mercado, ordenamientos». Frente a esos problemas, la tradición cristiana ofrece lo que Francisco llama un programa «revolucionario»: orientaciones para abordar nuestra crisis y transformar las estructuras que, en virtud de la imperfección de la condición humana, sostienen las injusticias y desigualdades que dificultan el encuentro en el amor.
Abrir espacios de esperanza en una sociedad atomizada y vaciada de sentido implica construir instancias en las que las personas puedan reconocerse unas a otras como parte de una tarea común
Una imaginación transformadora
¿Cómo salir de esta dinámica? Participar en las instituciones tal como están configuradas es un esfuerzo loable, pero insuficiente si no está orientado a recuperar, en palabras de Alasdair MacIntyre, una «imaginación política transformadora» que permita abrir espacios de esperanza: rechazar el paradigma de la política Estadocéntrica y volcarse a la construcción de organización y vida colectiva en las comunidades locales, la universidad entre ellas. No se trata de un rechazo ascético del mundo, sino de la composición de nuevos vínculos fundados en solidaridad, reciprocidad y generosidad. Los barrios, las profesiones, los espacios de trabajo y estudio fueron alguna vez escenarios de bullente organización comunitaria: su progresiva descomposición está en la base de muchos de los problemas que hoy observamos. La tarea de los cristianos es volver a darles vida y orientar desde allí la actividad hacia el bien común. Si Pío XI señalaba que un orden social cristiano descansaba en «la unidad armónica y coherente de todas las asociaciones» orientadas al bien común, hoy la tarea primordial es reconstruir tales asociaciones para proyectar nuevas formas de organización societal. Se trata, en palabras de Benedicto XVI, de crear sociabilidad.

La idea de espacios de esperanza no es nueva, pero bajo el lente de la fe cristiana adquiere un sentido particular y distintivo. La esperanza es una virtud teologal: proviene de la voluntad divina y orienta a los seres humanos en la búsqueda de la verdad. Su impulso «preserva del egoísmo y conduce a la dicha de la caridad». El ser humano, al descubrirse amado por Dios, «comprende la propia dignidad trascendente, aprende a no contentarse consigo mismo y a salir al encuentro del otro en una red de relaciones cada vez más auténticamente humanas». Abrir espacios de esperanza en una sociedad atomizada y vaciada de sentido implica construir instancias en las que las personas puedan reconocerse unas a otras como parte de una tarea común. Eso exige una escala humana, presencial y arraigada en la cotidianeidad.
Como los «movimientos populares» que describe Francisco, estos espacios no son comunidades cerradas ni ajenas a su entorno. No están exentos de diversidad y pluralismo, pero cuentan con mecanismos pedagógicos y deliberativos para resolver conflictos y adquirir una comprensión más rica del disenso y la tolerancia. Tampoco son exclusivos de quienes comparten la fe: el cristianismo actúa aquí como «fermento de la vida social y política de los pueblos y como portador de la esperanza temporal de los hombres»; no como un cuerpo cerrado de enseñanzas dogmáticas, sino como «energía histórica accionando en el mundo». Lo que necesitamos, diría MacIntyre, es un «utopismo del presente»: lugares donde las personas puedan descubrir la potencialidad inscrita en la naturaleza social humana al involucrarse en iniciativas comunitarias, en organizaciones de resistencia frente a las injusticias, y en la adecuada representación de los intereses colectivos que las instituciones no interpretan.
Una política de la esperanza supone, en síntesis, la promoción de las condiciones necesarias para el florecimiento humano orientado al bien común, anclada en espacios de fraternidad, solidaridad y reciprocidad, con la «civilización del amor» como horizonte. La apertura de dichos espacios requiere tanto del ejercicio personal de la caridad como de estructuras institucionales que permitan su reproducción. Están presentes en cada familia que se consolida; en cada organización estudiantil, sindical, gremial o territorial que permite a sus integrantes considerar su existencia más allá de sus propios intereses y recuperar control sobre las fuerzas anónimas que determinan su vida; y en cada vínculo que trasciende el interés de corto plazo para convertirse en fuente de cooperación y responsabilidad mutua. Desde allí, con el aliento de la virtud, podremos ver con más claridad la ruta hacia una sociedad mejor.



