
«Duele que haya cada vez más personas que no conocerán la alegría del Evangelio, ni el bien que supone confiar en Dios»1. Publicamos este reportaje que busca exponer por qué, en medio de una larga y profunda crisis de fe a nivel mundial, el interés por Dios ha empezado a repuntar en la era del scrolling infinito, los influencers y la inteligencia artificial.
El desafío de creer existe desde siempre: Moisés no entró a la tierra prometida (Dt 32,50-52), Zacarías se quedó mudo (Lc 1,18-20), Jesús no pudo hacer milagros en Nazaret (Mc 6,1-6) y Tomás tuvo que ver y tocar sus llagas (Jn 20,24-29). Cada época tiene sus obstáculos. En 1975, el papa Pablo VI destacó las reflexiones del sínodo del año anterior en su exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, donde los obispos se preguntaron, entre otras cosas: «¿Con qué métodos hay que proclamar el Evangelio para que su poder sea eficaz?» (n. 4). Medio siglo después, la pregunta sigue abierta, aunque el escenario cambió. Ya no se trata solo de una sociedad secularizada, sino de generaciones criadas entre pantallas, hiperconectividad y vínculos frágiles, donde la fe muchas veces no fue rechazada: simplemente nunca fue transmitida.
«Soy el laberinto del que no puedes salir»
Es una fría mañana de abril, el escritorio del profesor Antonio Bentué en la Facultad de Teología de la UC está lleno de libros —todos subrayados, marcados, incluso tachados y corregidos por él mismo en lápiz grafito—. Estuvo preparando esta entrevista, aunque, después de un rato, se puede intuir que no era necesario que repasara nada si se sabe cada línea de estos libros de memoria. Los lee en voz alta incluso antes de encontrar la página donde se encuentran.
«En el siglo XIX, la ciencia moderna descubrió las causas inherentes a la misma naturaleza, desplazando así la hipótesis de causas sobrenaturales para explicarla», el profesor inicia su respuesta a por qué la gente niega a Dios. «Y el proceso hacia la secularización fue desacralizador, pues desmitificó la explicación de la realidad y sustituyó el mito por la ciencia moderna, empíricamente verificable». Es decir, «la ciencia mató a Dios», resume Bentué, evocando una idea que marcó gran parte de la modernidad occidental. Varios científicos y filósofos apoyaron esta frase durante la historia (ver cuadro 1).

Sin embargo, la suposición implícita en frases como «la ciencia mató a Dios» es que Dios sería una hipótesis científica sobre el funcionamiento del universo. La teología clásica, desde Tomás de Aquino, plantea algo distinto: Dios no compite con las causas naturales, porque no sería una explicación puntual de fenómenos, sino el fundamento mismo del ser y del sentido. Al final, hasta ahora, la mayoría de los científicos han estado demasiado ocupados con el desarrollo de nuevas teorías que describan cómo es el universo y qué causas lo explican, sin preguntarse la razón, algo que para Bentué es absurdo: «Puede estar todo muy bien explicado de causa a efecto, pero ser todo sin sentido, sin razón de ser», dice el profesor entre risas, denominando aquello como la posmodernidad.
Gianni Vattimo (1936-2023) —escritor y pensador italiano, conocido como «el filósofo del pensamiento débil»— describe la situación actual como una cultura de vacíos de sentido. «Lo tenemos todo, con inteligencia artificial más todavía, pero no está claro si esto habrá tenido sentido o todo habrá sido por nada, igual que viajar a la Luna. ¿Qué sentido de trascendencia habrá tenido?», se pregunta Bentué parafraseando a Vattimo. Cuando solo hay causas y efectos, sin razón porque Dios no existe — ¿cómo se funda un deber ser? Todo está igualmente permitido. Por tanto, todo depende de la voluntad de poder de cada uno —planteado por Nietzsche—.
La pregunta por Dios tampoco desaparece en una cultura obsesionada con superar los límites humanos. Mientras corrientes como el transhumanismo imaginan una humanidad capaz de vencer el envejecimiento e incluso la muerte mediante tecnología, otros discursos posthumanistas cuestionan la existencia misma de una naturaleza humana estable. La frontera entre persona y máquina se vuelve cada vez más difusa. En ese escenario, la cuestión religiosa reaparece bajo nuevas formas: ¿qué significa ser humano?, ¿qué vale la pena conservar?, ¿puede existir libertad sin un horizonte de sentido? «La libertad necesita algo que valga la pena elegir», dice el profesor Bentué. De lo contrario, la existencia corre el riesgo de reducirse a una sucesión de causas, efectos y deseos individuales.
«Doblo contigo todas las esquinas, aunque nunca me verás»
Entre los principales resultados del ítem «Religión» en la encuesta Bicentenario 2025, se profundiza la caída de la adhesión al catolicismo entre los jóvenes de 18 a 34 años: el 51% de ellos declara no identificarse con alguna religión, y el 33% se identifica como católico. El 74% de los encuestados cree en Dios y la iglesia católica sigue mostrando un proceso paulatino de recuperación de confianza, llegando al 22%. Sin embargo, en el resto del mundo las cifras han aumentado (ver cuadro 2).

Siguiendo la idea de la trascendencia, desde el otro lado del Atlántico, el profesor de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid, Rafael Ruiz Andrés, caracteriza la inquietud actual de los jóvenes: «El qué de la búsqueda sigue remitiendo a cuestiones propias de toda la historia de la humanidad, especialmente a los 18 o 19 años, se cuestionan las respuestas de las instituciones religiosas, pero se siguen reclamando vínculos fuertes, identidades, experiencias y sentido». Todo esto en un contexto de creciente inseguridad, vulnerabilidad y ansiedad, que está afectando mucho a los sectores juveniles.
Para Ruiz, la secularización no eliminó la búsqueda espiritual, sino que cambió sus códigos. Y porque muchos jóvenes crecieron lejos del catolicismo, hoy existe una oportunidad inédita de presentar el cristianismo «desde cero», sin el peso histórico que cargaban generaciones anteriores. Por lo que aparece una renovada atracción por el misterio, lo simbólico y lo que parece anticuado —liturgia y ritualidad—, porque es radicalmente distinto al mundo secular. En ese sentido, las nuevas generaciones no tienen siquiera referencias básicas sobre Jesús, dándonos la oportunidad de dar el primer anuncio.
Respecto de los nuevos fenómenos que acercan la fe a los jóvenes, como el grupo musical español Hakuna, Ruiz no lo demoniza ni glorifica; al contrario, reconoce su capacidad de conectar y la importancia de su estética y redes; sin embargo, advierte el riesgo de hablar a mucha gente, pero no a distintos perfiles: «La Iglesia puede dejar de ser católica no por problemas doctrinales, sino porque deja de ser universal», instalando un problema eclesiológico: ¿la evangelización digital está llegando a todos o solo a jóvenes acomodados y culturalmente homogéneos? «El cristianismo debe hablar el lenguaje del siglo XXI sin quedar preso de él», redondea Ruiz.
El arzobispo de Santiago, cardenal Fernando Chomalí, invita a ofrecer, creativamente, una respuesta que llene de sentido a todos los hombres y mujeres de buena voluntad: «Llegó la hora de que la Iglesia, más que disponerse a hacer una nueva misión, tenga alma misionera, es decir, que la evangelización forme parte de su identidad»2.
«Detrás de ti, voy»
Crisis y misión, un diagnóstico pastoral y cultural sobre la pérdida de la fe católica en Chile, pero también una propuesta de «conversión misionera» para la Iglesia; comparte con Ruiz: «Son miles los jóvenes a quienes no se les transmite la fe en sus hogares (…). Esos jóvenes no han escuchado hablar de Jesucristo y no tienen vínculo alguno con la Iglesia»3. Ya no estamos en una época de mantener la fe, sino de anunciarla por primera vez en muchos sectores.
El arzobispo anima e interpela: «La crisis también puede representar un momento de gracia. ¿Cuántos eran católicos antaño más por tradición que por convicción? ¿Cuántos lo eran más por temor a un dios castigador que por amor al Dios de las misericoridias?», y recuerda que el Concilio Vaticano II planteó que entre las razones del ateísmo está el testimonio negativo que damos los propios católicos. Este puede ser el momento oportuno para que podamos manifestar al mundo el verdadero rostro de Dios.
En relación con la cultura emergente, no se trata de demonizarla: «Tanto los cambios que se han producido en la familia, en el modo de vincularse con la dimensión trascendente de la vida y con Dios, como en la relación con las redes sociales y el sentido que se le da a la vida fuera de lo virtual, nos obligan a repensar de qué manera el mensaje de Jesucristo —que es Palabra viva y actual— puede calar en lo profundo del corazón humano, para que sea significativo para la propia vida y la de quienes nos rodean».
«No me gusta hacer intervención divina»
En esa misma línea, la periodista y teóloga Míriam Díez-Bosch, profesora de la Universidad Ramon Llull de Cataluña, dijo durante su reciente visita a Chile, en un episodio de Diálogos, el podcast, que los católicos debemos comunicar la fe con convicción: «en la fuente de nuestra esperanza está nuestra fuerza». Para ella, en una religión tan plural como la católica, deberíamos aprovechar más la creatividad y el sentido del humor: «En las redes la gente acaba compartiendo cosas divertidas. Con la enorme creatividad que hay dentro de la Iglesia católica, hay que buscar a las personas que sepan dedicarse a esto y no solo a pontificar —hay un exceso de palabrería y de un cierto rigorismo moral que pocas veces acompaña la realidad—».
Las pantallas no son del todo dañinas, pero la periodista también piensa que la desconexión es necesaria: «Estaría bien que los jóvenes aprendieran a hacer algo tan básico como aburrirse. Si te aburres, empiezas a mirar a tu alrededor. Deberíamos hacer retiros, propiciando el aburrimiento para empezar a (re)descubrir que no todo está en la pantalla. Hay que mostrarles que se puede hacer una clase sin Powerpoint, que no todo lo van a encontrar en las redes sociales y que ellas se equivocan, y descubrirán espíritu crítico y la curiosidad. Y todo lo que podamos hacer para acompañarles en esa curiosidad va a ser bueno».
Míriam también invita a potenciar la parte artística: «Podría ser un buen catalizador y una buena aportación de lo que la Iglesia católica podría hacer en el mundo digital». Dio como ejemplo Gènesi IA, un festival de luces que se desarrolló a principios de año en Barcelona: «De manera absolutamente secular, se realizó este festival con imágenes devastadoras o bellísimas de la naturaleza, por las calles de la ciudad, mientras se oían voces que recitaban el Génesis en distintos idiomas —árabe, griego, español, catalán, alemán, etc.—. Lo hizo el fotógrafo Joan Fontcuberta, quien no es creyente. Fue muy bonito». De esta manera, Díez-Bosch promueve la formación de alianzas con gente que no sea creyente, «pero sí creativa y buena, capaz de expresar lo inefable con su arte, como el atrio de los gentiles. Sería muy interesante», propone.

Sobre la misión de las universidades católicas, agrega que «más allá de la expresión de la jerarquía, la religión se debe entender como algo que permea la vida de cada persona, y las universidades deben transmitir la experiencia de quienes se dedican a otros, motivados por su fe y no por pura humanidad». Míriam también invita a conocer el testimonio de quienes trabajan como administrativos y profesionales de las instituciones: «Son los grandes olvidados de la educación. Yo les preguntaría más porque son el sustento, quienes se quedan en la universidad y le dan una fuerza que todavía no hemos visibilizado lo suficiente».
La pregunta sobre cómo anunciar la fe en la cultura digital no se juega solo en documentos pastorales o debates teóricos. También aparece en fenómenos inesperados, como el del sacerdote portugués Guilherme Peixoto, conocido internacionalmente por mezclar música electrónica y evangelización. Sus presentaciones como DJ —incluyendo una actuación durante la Jornada Mundial de la Juventud en Lisboa 2023— circulan masivamente en redes sociales, despertando fascinación, críticas y preguntas dentro y fuera de la Iglesia.
Más allá de la novedad, el fenómeno revela una tensión de fondo: ¿cómo hablar el lenguaje cultural contemporáneo sin quedar atrapados en su lógica del espectáculo? ¿Hasta qué punto estas expresiones acercan realmente a las personas a una experiencia espiritual profunda y no solo a un consumo religioso emocional o estético?
La Iglesia parece moverse hoy entre dos riesgos opuestos: hablar un lenguaje incomprensible para el mundo contemporáneo o adoptar tan completamente sus códigos que termine perdiendo aquello que la hace distinta.
Evangelii nuntiandi insiste en que el centro de toda evangelización es el amor. Eso es lo que debería motivar el primer anuncio y la razón por la que el Evangelio sigue interpelando: «La predicación del amor fraterno para con todos los hombres —capacidad de donación y de perdón, de renuncia, de ayuda al hermano, que por descender del amor de Dios es el núcleo del evangelio» (n° 28).
Dios nos ama y nos busca, y, respetando nuestra libertad, se las ingenia para hacernos sentir su amor. Por eso la canción de Rosalía Dios es un stalker (versión francotiradora) fue el hilo conductor de este reportaje —el título y todos los subtítulos son estrofas de esa canción—. No porque sea una reflexión religiosa explícita, sino porque habla de búsqueda, deseo, obsesión y necesidad de ser encontrado. En medio del ruido constante, la hiperconectividad y el cansancio contemporáneo, la pregunta por Dios no parece haber desaparecido. Tal vez solo estaba esperando nuevos lenguajes para volver a ser escuchada.



