El análisis detallado del proceso sinodal en la Arquidiócesis de Santiago, entre 2020 y 2022, permite identificar los elementos de una práctica sinodal exitosa, además de evidenciar algunas sombras eclesiológicas subyacentes a todo el itinerario.
El presente proyecto1 surgió por la invitación de la Secretaría General del Sínodo, en octubre de 2022, a investigar los temas relacionados con la sinodalidad, especialmente a las facultades de Teología, dada la relevancia de profundizar en los conocimientos eclesiológicos, cristológicos y pneumatológicos inherentes a las experiencias y prácticas sinodales.
Desde entonces, la sinodalidad ha pasado de consigna a criterio de discernimiento eclesial, consolidando un estilo basado en la escucha, la corresponsabilidad y el discernimiento comunitario. Asimismo, la sinodalidad no solo representa una forma de gobernanza eclesiástica, sino también una manera de vivir y testimoniar la fe para todo el Pueblo de Dios, promoviendo la comunión, la participación y la misión —tres palabras clave del sínodo—.
Buscar una buena práctica y los elementos subyacentes
Este estudio buscó describir un proceso virtuoso y determinar algunos elementos eclesiológicos subyacentes a las prácticas sinodales. El interés no está solo en identificar contenidos, sino en reconocer qué imagen de Iglesia, qué comprensión de la autoridad, qué relación con el mundo y qué ejercicio de la misión emergen del análisis de cuatro documentos producidos por la Arquidiócesis de Santiago3.
Se puede decir que esa elaboración es el fruto de los trabajos sinodales, porque ellos recogen y sintetizan las experiencias e intercambios que tuvieron lugar en los encuentros entre 2020 y 2022.
El análisis de las dinámicas sinodales
El análisis combinó una lectura comparativa de los cuatro documentos con una codificación temática progresiva, orientada a identificar continuidades, desplazamientos, profundizaciones y silencios significativos. Entre los núcleos emergentes más relevantes destacaron la centralidad de la participación, la memoria documental del proceso, el lugar del obispo, la relación con el contexto, el uso del lenguaje eclesial, la presencia o ausencia de referentes bíblicos y la comprensión de la corresponsabilidad.
Este enfoque permitió una comprensión de las dinámicas sinodales, así como elementos subyacentes a los discursos y al proceso mismo, lo que llamamos “sombras”. El proceso de discernimiento en el tiempo permite confirmar que “los resultados son convergentes, las cosas se repiten con matices y acentos diferentes”.
Esta convergencia no debe interpretarse simplemente como repetición estéril de los mismos temas. Más bien puede leerse como indicio de que ciertas cuestiones fueron reconocidas por la comunidad como especialmente decisivas para la vida eclesial, y que el proceso permitió no solo reiterarlas, sino afinarlas, madurarlas y confirmarlas desde distintos actores y momentos. En este sentido, la reiteración constituye menos un signo de inmovilidad que una forma de profundización discernida.
Para el análisis teológico, nos orientamos hacia la perspectiva de la teología práctica, la cual nos pareció ser la más pertinente al tema de investigación, porque según lo decía Marcel Viau: “el método de la teología práctica debe hacer de tal manera que la teoría emerja de la práctica concreta, o al menos dialogue con ella”.
Características de una buena práctica sinodal
El camino sinodal nos permite señalar varios elementos clave que explican su éxito. Primero, está la importancia del tiempo: el discernimiento no puede ser improvisado ni apresurado. Sin embargo, tampoco debe prolongarse demasiado. En este contexto, los documentos son fundamentales, dado que sirven como memoria del recorrido realizado y ofrecen continuidad a la reflexión, evitando tener que comenzar desde cero en cada ocasión.
Otro elemento de esta buena práctica sinodal fue la participación de un gran número de personas en todas las etapas. Sabemos que siempre hubo gente rezando y que cada encuentro sinodal fue precedido, sostenido y acompañado por la oración. Esto nos recuerda que es el Espíritu Santo quien actúa y que escuchamos a Dios a través de nuestros hermanos.
Una actitud esencial que debe acompañar este proceso es la confianza en la propia dinámica sinodal, en las personas con las que compartimos el camino y en los documentos. Sin esta confianza, no es posible aceptar que algunas de nuestras ideas no sean bien retenidas y que, en otras ocasiones, un tema menos valorado sea explorado en profundidad. Recordemos que no se trata de lo que la mayoría piensa, sino de lo que la comunidad discierne.
Finalmente, la presencia constante del Obispo es determinante para el éxito del discernimiento, siempre y cuando escuche y se deje interpelar. Solo de esta manera podrá aportar lo que es propio de su carisma6.
En términos prácticos, una buena práctica sinodal no se mide únicamente por la amplitud de la consulta realizada, sino por su capacidad de generar memoria, orientar decisiones, consolidar aprendizajes y ofrecer criterios estables para la acción pastoral. La fecundidad del proceso aparece, por tanto, cuando lo compartido no se pierde, sino que se transforma en referencia común para seguir caminando.
Elementos subyacentes que reveló este proceso
El análisis permitió advertir ciertas tensiones eclesiológicas que no siempre aparecen formuladas de manera explícita, pero que se dejan entrever en los énfasis, en los desplazamientos del lenguaje y en algunos silencios.
Una de estas tensiones consiste en el progresivo debilitamiento de las referencias al contexto social y eclesial concreto. A medida que el proceso avanza, disminuye la presencia explícita de cuestiones que inicialmente aparecían como decisivas, tales como la crisis de abusos, la desconfianza, la pandemia, la migración, la discapacidad, la solidaridad y otras urgencias. Esta atenuación puede leerse de dos modos: por una parte, como señal de una cierta estabilización del discurso; por otra, como riesgo de abstracción, cuando la reflexión pastoral pierde contacto con las heridas, búsquedas y transformaciones reales de las comunidades. Una sinodalidad madura requiere precisamente lo contrario: mantener la escucha de Dios unida a la escucha del tiempo histórico.
La segunda sombra está relacionada con cuestiones de vocabulario. Aquí también aparecen rasgos de una eclesiología más clerical que sinodal. Es paradójico que, por un lado, se critique fuertemente el paradigma clerical y la falta de participación, y que, por otro, el lenguaje empleado tenga precisamente esos sesgos. Cuando persisten expresiones que sugieren dependencia, asistencia o subordinación, en lugar de corresponsabilidad bautismal, se revela que la conversión sinodal todavía no alcanza plenamente el plano simbólico y discursivo. Por eso, la renovación eclesial no exige solo nuevas estructuras o mayores espacios de participación, sino también una conversión del habla eclesial.
Otro aspecto de esta sombra más tradicional se evidencia en la ausencia total de la Biblia en los Documentos 2 y 3, con solo una referencia a Romanos 8,26 en el Documento 1. Esto no ocurre en el Documento 4, el cual es rico en citas del Nuevo Testamento: Mt 28,19, Jn 15,4-16, etc., pero sin ninguna del Antiguo Testamento. La ausencia del referente bíblico es muy preocupante, puesto que parece ser que la pastoral se autocomprendiera sin la Palabra o que fuera incapaz de integrarla en su reflexión. La Palabra de Dios ofrece el horizonte teológico desde el cual la Iglesia discierne su identidad, su misión y sus opciones pastorales. Cuando ese horizonte queda debilitado, el riesgo es que el discurso eclesial se vuelva autorreferente, funcional o meramente organizativo.
Por último, también es considerada como una sombra la ausencia del aporte de teólogos académicos en los trabajos sinodales —redacción, proposición de metodología, relecturas, evaluación, etc.—, lo que limita la «competencia» teológica a los ministros ordenados o, en caso de estar presentes, su contribución se realizó, únicamente, en calidad de agente pastoral o creyente. Este hecho empobrece el proceso, no porque ellos deban sustituir el discernimiento eclesial, sino porque pueden ofrecer mediaciones críticas, marcos interpretativos, memoria de la tradición y herramientas conceptuales que ayuden a leer con mayor hondura lo vivido.
Una buena práctica que da esperanza
Los documentos analizados evidencian un proceso sinodal fecundo en la Arquidiócesis de Santiago, porque se ve una profundización de las temáticas y una confirmación por parte de la Jerarquía de lo que toda la comunidad, incluido el arzobispo, han discernido. Se confirma así que la sinodalidad es posible cuando se construye caminando juntos como comunidad.
Para el éxito de los procesos sinodales se requiere tiempo, participación, oración, confianza y una presencia episcopal constante. Las sombras evidencian cómo nuestra historia y formación deben ser aún trabajadas para avanzar en esta manera de ser Iglesia a la cual todos y todas somos llamados.
En definitiva, la sinodalidad se verifica no solo en la capacidad de reunirse y escucharse, sino también en la posibilidad de dejarse transformar por aquello que se ha escuchado. Allí donde el proceso genera memoria, conversión del lenguaje, lectura creyente del contexto, apertura a la Palabra y articulación entre experiencia y reflexión teológica, la Iglesia no solo habla de sinodalidad, sino que comienza verdaderamente a vivirla.


