Gabriel Vidal y Cristian González. Licenciados en filosofía.

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El rescate del mito: Filosofía para un mundo en crisis

Por: Gabriel Vidal y Cristian González

Usualmente los mitos son considerados supersticiones antiguas sin validez actual, donde la ciencia reina en el conocimiento y la tecnología en el quehacer cotidiano. Sin embargo, Jonas y Patočka reconocen en el mito algo mucho más profundo, relacionado con verdades existenciales del ser humano y misterios inefables del mundo. Gracias al mito recordamos el carácter inapropiable de lo trascendente, cuyo olvido es parte de las razones que han conducido a las actuales crisis globales.  

Un uso coloquial del término “mito” sugiere que este es sinónimo de falsedad, por lo que una actitud adecuada sería “desmitificar” su oscuridad fantasiosa para volver a la luz de la evidencia y la ciencia. En esta línea, si a la vez se asocia a la religión con el pensamiento mítico, parece sensato que la revelación cristiana quiera desligarse de un significado negativo, así como también el paso de una fe eclesiástica, transmitida mediante historias simbólicas, a una fe racional, es decir, una que asume la presencia de la razón en conexión con el dominio divino, tal como recoge el papa Benedicto XVI en diálogo con Kant. De esta manera, la fe racional estaría siempre del lado de la verdad. 

Sin embargo, tal como mencionó Juan Pablo II durante una audiencia general en noviembre de 1979, existe otro modo de entender el mito, el cual “no designa un contenido fabuloso, sino sencillamente un modo arcaico de expresar un contenido más profundo. Sin dificultad alguna, bajo el estrato de la narración antigua, descubrimos ese contenido, realmente maravilloso por lo que respecta a las cualidades y a la condensación de las verdades que allí se encierran”.

La renovación de los verdaderos mitos, llenos de contenido y sabiduría, de los cuales tanto la filosofía como la fe racional han buscado escapar, se muestran como una necesidad de nuestra época. Esto último en concordancia con el llamado hecho por Francisco en la Encíclica Laudato si’, pues una de las razones de la crisis medioambiental contemporánea sería, justamente, la desmitificación de la naturaleza y, con ello, su “des-divinización”, lo que nos ha hecho creer en la ilusión moderna del progreso material sin límites.  

El mito y el misterio del mundo 

Pero ¿en qué reside la importancia del mito y su relación con el misterio del mundo? Dos filósofos de la tradición fenomenológica tematizan independientemente la cuestión, pero llegan a un hilo común, Jan Patočka y Hans Jonas. 

Patočka señala que ​​el modo en el que se nos da el mundo natural es un paisaje de acontecimientos en diversas relaciones de cercanía/lejanía y transformaciones, en las cuales hay algo que sin duda persiste. Es evidente que las cosas no se desvanecen al salir de la percepción y que pueden reaparecer. Por ejemplo, si cierro la ventana y dejo de ver el paisaje, este no desaparece. Esto marca la distinción entre lo presente y lo no-presente. Sin embargo, la prueba de lo que ‘no está ahí’ no reside en la percepción misma, pues no corresponde a ninguna percepción; es precisamente aquello que ha salido de ella. Además, la percepción solo da cuenta de cosas particulares, pero lo que ha salido, lo que se ha vuelto no-actual, ya no es ninguna cosa en particular. Está ausente, pero persiste su posibilidad de volver a la presencia. 

Entonces, ¿qué es esto que no se desvanece? Precisamente es el horizonte de mundo, lo no-presente, pero que hace posible que lo que se dio a la percepción no se desvanezca, es decir, que pueda presentarse. Como cuando avanzamos por el mar y vemos un fondo inalcanzable, pero que siempre permite que aparezcan más paisajes. Ese fondo es precisamente el mundo, y siempre permite que aparezcan más cosas. 

El horizonte es un presupuesto de la percepción, tiene solo una aparición negativa: ser garantía de lo que ahora está ausente y no es susceptible a ser alcanzado. La totalidad del mundo, y no la perspectiva limitada que tenemos de él, es siempre un misterio para nosotros. Siempre podemos avanzar más allá, pero nunca podemos llegar al más allá absoluto que es el mundo. La ciencia lidia precisamente con percepciones, con cosas que ya han aparecido, y las ordena con una perfección que permite la gran capacidad técnica del hombre contemporáneo. Sin embargo, el mundo como horizonte, el mundo como fundamento, le es inalcanzable.  

La impotencia de la ciencia y la hybris de la tecnología 

Esta misma impotencia de la ciencia para dar con el mundo como fundamento es también notada por Jonas. Dado que la ciencia aborda el mundo como algo meramente material, se produce la paradoja de que la razón en sí misma se convierte en incognoscible, puesto que no tiene materialidad. Así, toda cualidad espiritual queda fuera de consideración científica, una vez que esta, sostenida sobre los principios de la constitución matemática y material de la naturaleza, no es capaz de dar cuenta de aquella dimensión. De este modo, la materia en sentido de “cuerpo” pasa a ser más racional que lo correspondiente al espíritu. Precisamente, el mundo no puede ser reducido solo a meros existentes cuantificables de la percepción. 

Ahora bien, el mundo como lo que está más allá de todo lo objetivable por nuestras capacidades cognitivas es algo con lo que el ser humano se relaciona intrínsecamente: siempre se ha preguntado por el misterio, por lo que está más allá de lo explícito. Pero ¿cómo puede relacionarse el ser humano con este mundo fundante si sus capacidades cognitivas son insuficientes? Justamente, con todo el resto de sus facultades: sus emociones, su cuerpo, sus ritos, sus producciones simbólicas, su afectividad e imaginación. Todo ese ámbito constituye lo que llamamos “mito”, que no pretende reemplazar a la ciencia, sino que intenta lidiar con la parte de él que no se nos aparece, la que escapa a nuestro alcance, es decir, lo supraobjetivo. Cuando el hombre construía los grandes relatos sobre el origen del mundo, no pretendía dar una explicación científica, sino intentar darle sentido al mundo como aquel más allá inobjetivable. 

Según Patočka, la tentación prometeica de querer tematizar el mundo como un explícito es precisamente lo que da origen a la metafísica, entendida como la pretensión de encontrar la totalidad mediante el acto de trascender las imágenes aparentes de nuestra experiencia sensible para llegar a las formas puras. En este sentido, la dialéctica sería una concatenación de proposiciones que permite llegar a una definición última, actuando como una serie de escalones que pueden alcanzar al mundo en su totalidad. Si bien en la actualidad existen interpretaciones diferentes de la metafísica, es esta comprensión la que inaugura en Patočka la noción del mundo como una totalidad inabarcable. 

Es precisamente esta actitud la que da origen a la culminación de las ciencias: la idea de que la empresa metafísica puede desentrañar el meollo de todos los fenómenos. En palabras de Patočka, que es la “llave definitiva que desbloquea todas las puertas”. En cuanto a sus resultados teóricos, esta ha sido de hecho una empresa bastante exitosa, dado el poder innegable de la tecnociencia contemporánea. Sin embargo, es esta misma pretensión la que según Patočka conduce a una crisis. Si lo extrapolamos a nuestra situación actual, contemplamos el advenimiento de la crisis ecológica contemporánea, la cual podría considerarse el resultado de encarnar un presupuesto imposible: la apropiación del mundo en cuanto totalidad. Al contrario, el mito nos llama a la humildad, a reconocer que el misterio del mundo nos es inalcanzable. Pero, al mismo tiempo, nos acerca al mundo, en cuanto nos pone en relación con un implícito que subyace a todo lo manifiesto. 

Y esta hybris de la tecnociencia y sus efectos han sido ampliamente plasmados por Jonas en su obra más famosa, El principio de responsabilidadJonas señala que la tecnociencia ha desarrollado un poder tal, que hoy tenemos la capacidad no solo para producir una gigantesca infraestructura tecnológica y penetrar en lo más profundo de la materia, sino también para destruir el mundo con el dominio exacerbado de la técnica, de modo que el hombre se convierte casi exclusivamente en homo faber, es decir, el desarrollo técnico se vuelve su vocación. El Papa Francisco recogió esta idea en Laudato si’: “Nunca la humanidad tuvo tanto poder sobre sí misma y nada garantiza que vaya a utilizarlo bien, sobre todo si se considera el modo como lo está haciendo”. 

Por estas razones, el pontífice interpela nuestra inteligencia para reconocer cómo deberíamos orientar, cultivar y limitar nuestro poder. Este llamado a la prudencia parece estar en concordancia con la actitud mítica. En el sentido de que es posible poner límites a la empresa metafísica, al recordar el carácter inapropiable del mundo y la imposibilidad de conquistarlo. Esto coincide con las indicaciones de Patočka y Jonas sobre el mito, al no caer en la tentación de apropiarse del mundo, ya sea por la ciencia o por la tecnología.  

La vuelta al mundo a través del mito: la fe 

Francisco indica la necesidad de consagrarnos al “cuidado de las riquezas culturales de la humanidad en su sentido más amplio. De manera más directa, reclama prestar atención a las culturas locales a la hora de analizar cuestiones relacionadas con el medio ambiente, poniendo en diálogo el lenguaje científico-técnico con el lenguaje popular. Es la cultura no solo en el sentido de los monumentos del pasado, sino especialmente en su sentido vivo, dinámico y participativo, que no puede excluirse a la hora de repensar la relación del ser humano con el ambiente”. 

Como indicábamos, pues la recepción del conocimiento del mito no ocurre a través del razonamiento teórico, su contenido no se devela intelectualmente. En este sentido, aquello a lo que apunta el mito se accedería mediante una actitud más cercana a la fe que la razón. “Sus objetos incluyen todo lo perteneciente al reino divino del ser, a saber, el orden e historia de los mundos superiores y lo resultante de ello, esto es, la salvación del hombre. Con objetos de este tipo, el conocimiento como actividad mental es muy diferente de la cognición racional de la filosofía”, decía Jonss en Pensar sobre Dios y otros ensayos. Y esta recuperación del suelo mítico, además, nos permite recuperar una conexión filosóficamente fundamentada con el mundo en concordancia con aquella fe: “Con estas preguntas hacemos la transición definitiva desde la evidencia cosmológica a la especulación cosmogónica. El carácter especulativo, creo, es irremovible… en este intento, inevitablemente el conocimiento pasa a la fe. Pretende ser fe racional y no la fe exigida por la revelación, aunque las voces de las grandes religiones también pertenecen al testimonio que debemos escuchar”, dijo Jonas en su libro Morality and morality, a search for God after Auschwitz. 

 

 

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