La carta apostólica Diseñando mapas de esperanza, del papa León XIV, invitó a las instituciones educativas de la Iglesia a revisar su misión a la luz del Año Jubilar, celebrado en 2025. Para las universidades católicas, esa invitación no es nueva: Ex Corde Ecclesiae de San Juan Pablo II ya la define como la ardiente búsqueda de la verdad y su transmisión a quienes aprenden a razonar con rigor, a obrar con rectitud y a servir mejor a la sociedad. Lo que León XIV añade es una imagen precisa y movilizadora: la de las “constelaciones educativas”, una red de instituciones que, como las estrellas, adquieren sentido no de manera aislada sino en su conjunto, en la figura que trazan al servicio de la Iglesia y del mundo.
La constelación, en astronomía, no es una realidad física sino una mirada: estrellas distantes entre sí que el observador conecta para orientarse. La Cruz del Sur, por ejemplo, está formada por astros separados por decenas de años luz; lo que la constituye es la perspectiva desde donde se las observa. Así también las universidades, colegios e institutos católicos cobran su verdadero valor cuando comparten una misma orientación: formar personas capaces de pensar, amar y transformar el mundo con esperanza. No cuando solo acumulan rankings o indicadores, sino cuando su educación persigue, en palabras de León XIV, “la búsqueda del significado, con el fin de garantizar que los nuevos descubrimientos sean usados para el auténtico bien de cada persona y del conjunto de la sociedad humana”. Bajo esa perspectiva, Monseñor Álvaro Chordi resume la invitación del Papa con una imagen complementaria: la de los “cartógrafos de sentido”, profesionales capaces de trazar mapas de esperanza en medio de la crisis actual, abriendo horizontes donde otros solo ven obstáculos.
¿Por qué la Iglesia no solo debe estar presente en la educación, sino ser protagonista en ella?
La carta apostólica no deja puntos medios: “la educación constituye la trama misma de la evangelización”. Educar es anunciar el evangelio, dar testimonio y ejercer la caridad. Como afirma León XIV, “la educación cristiana forma no solo profesionales, sino personas abiertas al bien, a la belleza y a la verdad”. Y en la exhortación apostólica Dilexi te se añade que la educación de los más vulnerables no es un favor de la Iglesia sino un deber: “enseñar es afirmar el valor de cada persona y darle herramientas para transformar su realidad”. La educación, en este sentido, no es un servicio secundario de la misión eclesial, sino su expresión más concreta y cotidiana. Esta visión enlaza con la raíz latina del verbo educar: educere, conducir hacia fuera. La educación saca desde el interior de cada persona lo que ya está presente en ella y lo pone en relación viva con el mundo. Gabriela Mistral lo ilustró con la imagen de la madre ave que fuerza a su pequeño a abandonar el nido, posándo se primero en la rama vecina para que la siga: el buen educador siempre y a la vez, da y toma, aventaja y sigue, obra y deja obrar. No es un simple trasvasije de contenidos, sino un acto de libertad y dignidad. Cuanto más comprende una persona su relación con el mundo, más es capaz de pensar, decidir, actuar y amar. Y cuanto más consciente es de que vive junto a otros, más capaz es de asu mir la responsabilidad que eso implica.
El peligro que señalaba C. S. Lewis en La abolición del hombre sigue vigente: una formación centrada solo en el intelecto, sin afectos ni virtud, produce lo que él llamaba “hombres sin pecho”, personas reducidas a su utilidad técnica, incapaces de esperanza. León XIV invita a atreverse a lo contrario: “con un humanismo integral que habite las preguntas de nuestro tiempo sin perder la fuente”. Una universidad no puede ser únicamente un espacio de especialización profesional. Su naturaleza misma, desde sus orígenes medievales y ciertamente desde la fundación de la Universidad Católica, exige integrar el saber técnico con las ciencias humanas, las preguntas de sentido y la formación ética.
No se trata de elegir entreexce lencia académica y formación integral: la excelencia verdadera las supone a ambas. Una institución que cultiva el cono cimiento sin atender a la persona que lo porta no cumple su misión; tampoco la cumple una que forma el corazón sin rigor intelectual. El desafío es hacer ambas cosas bien, con el mismo norte: que cada estudiante salga no solo más competente, sino más humano, libre y capaz de servir.
Ese norte, para la educación católica, es la esperanza. No el optimismo ingenuo, sino la convicción de que la realidad puede transformarse y de que las personas están llamadas a algo más grande que sí mismas. “Custodiar el corazón”, dice León XIV, porque de él brotan las fuentes de la vida. Una educación con esperanza predica la colaboración antes que la competencia, la gratuidad antes que el consumo, la dignidad de cada persona antes que su rendimiento. Es también una educación que no rehúye las grandes preguntas: sobre el sentido, sobre la justicia, sobre Dios. Una universidad que enseña a calcular, pero no a preguntarse para qué ha perdido algo esencial de sí misma. Y una que recupera esa pregunta se convierte, en el mejor sentido, en una fuente de esperanza para la sociedad. La universidad católica está llamada a formar personas capaces de transformar la sociedad desde la esperanza cristiana. Esa es su misión más propia y su aporte más urgente al mundo de hoy.


