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Mis héroes de Venezuela

Quisiera volver atrás y que nada hubiera sucedido. Quisiera despertar y descubrir que todo fue un mal sueño. Pero ocurrió. Mi país se desplomó con dos terremotos y, aunque la mente intenta negarlo, la realidad es devastadora. 

Las noticias, fotografías y videos muestran un dolor imposible de describir. Es inevitable que las lágrimas aparezcan al ver edificios convertidos en escombros, familias separadas, personas que lo perdieron todo y tantas vidas que ya no volverán. Duele pensar en quienes fallecieron. Duele imaginar los sueños que quedaron suspendidos bajo el concreto. 

Pero hay otra imagen que conmueve profundamente: la de quienes permanecen inmóviles mirando entre las ruinas, esperando que aparezca con vida ese hijo, esa madre o ese hermano al que se niegan a dejar ir. Esperan contra toda lógica porque el amor siempre espera. Y mientras haya esperanza, siguen allí, abrazados a la fe. 

En medio del sufrimiento, Dios vuelve a recordarnos que nunca nos abandona. Entre el polvo, los milagros comienzan a aparecer: una vida rescatada, una mano que emerge entre las construcciones derrumbadas, un abrazo que devuelve fuerzas para seguir. Adriana, Aarón, Fabiana… nombres de personas rescatadas que no conocemos, pero que hacemos nuestros porque representan la esperanza de todos los que aún faltan. Y junto a esos milagros, aparecen mis héroes. 

Llegan de todas partes. Algunos cruzan fronteras, otros simplemente cruzan la calle porque vieron desplomarse el edificio de enfrente y no pudieron quedarse de brazos cruzados. Hay rescatistas profesionales y también personas comunes que, movidas únicamente por el amor al prójimo, ofrecen sus manos, su tiempo, su fuerza y hasta arriesgan su propia vida por salvar la de alguien más. 

imagen correspondiente a la noticia: "UC manifiesta su apoyo a Venezuela y evalúa envío de equipo interdisciplinario de ayuda humanitaria"

Foto de AFP

Me gusta pensar que ellos son ángeles de los que Dios se vale para hacerse presente en medio del dolor. Son el rostro de la misericordia, de la esperanza y de la caridad que Jesús nos enseñó cuando dijo que no hay amor más grande que dar la vida por los demás. Mientras muchos observamos desde lejos con el corazón roto, ellos entran donde nadie quisiera entrar, buscan donde parece imposible encontrar y siguen creyendo que una vida más puede ser rescatada. 

Mientras veo estas imágenes, no puedo dejar de pensar en mis estudiantes de Construcción Civil. 

Ellos también serán héroes. Tal vez nunca aparezcan en las noticias. Nadie publicará una fotografía porque un edificio resistió un terremoto. Nadie agradecerá entre lágrimas una estructura que no colapsó. Nadie conocerá el nombre del profesional que hizo bien su trabajo. Sin embargo, ahí reside la grandeza de su vocación. Construirán con responsabilidad, ética y convicción, entendiendo que detrás de cada decisión técnica hay vidas humanas. Salvarán vidas sin conocer los rostros de quienes protegieron. Su recompensa será el silencio de una ciudad que sigue en pie y la tranquilidad de haber hecho lo correcto cuando nadie estaba mirando. Entonces comprenderán que su profesión también es una forma de amar. 

Como nos recuerda san Pablo: «Somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para hacer las buenas obras que Dios preparó de antemano para que las practicáramos.» (Efesios 2,10) 

Hoy quiero invitarte a orar por Venezuela: por quienes partieron a la casa del Padre, por sus familias, por quienes siguen esperando noticias de sus seres queridos y por todos esos héroes que continúan buscando una vida más. 

Y, si está en nuestras posibilidades, aventurémonos también a ayudar. Con una oración, una donación, un mensaje de esperanza o cualquier gesto de amor. Porque, cuando el dolor es tan grande, ningún acto de caridad es pequeño. Quizá Dios siga escribiendo historias de esperanza a través de personas que simplemente decidieron decirle sí. 

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