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El Mito del Conflicto entre Ciencia y Religión

El aparente conflicto entre ciencia y religión se ha arraigado como uno de los grandes mitos de la modernidad. Este mito es el que se intenta derribar a lo largo del artículo, demostrando que, en realidad, la ciencia y la religión son dos esferas complementarias que se enriquecen mutuamente en el camino de la búsqueda de la verdad.

Hacia finales del siglo XIX, Andrew Dickson White publicó un libro que ha tenido un desmedido influjo en la perpetuación de la creencia de que la civilización occidental ha sido el campo de batalla entre las fuerzas de la verdad y las de la superstición. En A History of the Warfare of Science with Theology in Christendom, White publicó lo que él llamó “un esbozo de la gran y sagrada lucha por la libertad de la ciencia —una lucha que ha perdurado por muchos siglos, y que continúa—” 1. Desde la Ilustración, pero especialmente en los últimos 125 años, este aparente conflicto entre ciencia y religión se ha convertido en uno de los mitos constitutivos de la modernidad.

Este mito que propongo derribar se sostiene en tres falsas razones: 1) un compromiso hacia el materialismo y reduccionismo en las explicaciones filosóficas de la ciencia; 2) la confusión entre el rol de Dios como Creador (o causa primaria) y el rol de las causas secundarias en la naturaleza; 3) una opinión de  la historia de la ciencia que considera a la religión como una barrera para el desarrollo de la ciencia, ejemplificada, al parecer, en el famoso encuentro de Galileo con la Inquisición.

«Ser científico ha tomado el sentido de aceptar las conclusiones “filosóficas” de que toda la realidad puede ser explicada en términos de materia/energía y que la reflexión sistemática sobre el mundo natural es reductible a los procesos de las ciencias naturales.»

Sir Francis Crick, codescubridor de la estructura de doble hélice del ADN, escribió al inicio del libro The Astonishing Hypothesis: The Scientific Search for the Soul: “La ‘sorprendente hipótesis’ es que ‘tú’, tus gozos y tus penas, tus memorias y tus ambiciones, tu sentido de identidad personal y tu libre albedrío, no son más que la conducta de una vasta unión entre las neuronas y sus moléculas asociadas”2. Ser científico ha tomado el sentido de aceptar las conclusiones “filosóficas” de que toda la realidad puede ser explicada en términos de materia/energía y que la reflexión sistemática sobre el mundo natural es reductible a los procesos de las ciencias naturales. Alma, espíritu, mente y categorías similares son relegadas al reino de la experiencia subjetiva o son simplemente descartadas por ser indignas de la atención racional, excepto en el grado en que pueden ser explicadas en términos de funciones físico-químico- biológicas del cerebro humano.

Puesto que el error del materialismo y del reduccionismo es filosófico, su antídoto puede encontrarse en la filosofía, especialmente en la filosofía natural de la tradición de Aristóteles y Tomás de Aquino. El análisis de las categorías fundamentales de la naturaleza —tiempo, energía, estructura, etc.—, así como las investigaciones sobre el rol de las matemáticas en el entendimiento del mundo físico, acaecen en la filosofía natural. Esta es la disciplina que provee los principios unificadores para toda la naturaleza, sin comprometer la adecuada autonomía de cada ciencia. La filosofía natural nos ayuda a reconocer que la medición del movimiento no es una explicación exhaustiva de lo que es el movimiento. La cantidad es solamente un rasgo de orden físico.

Galileo mostrando las nuevas teorías astronómicas en la Universidad de Padua, pintura de Félix Parra, año 1873.

Podemos abstraernos de la unidad de un organismo viviente y examinar algunas de sus partes constitutivas o de sus sistemas, pero el filósofo natural pretende entender el organismo como una unidad. Con demasiada frecuencia, los reduccionistas han supuesto que la totalidad  no es más que la suma y estructura de las partes materiales. Algunos neurocientíficos, por ejemplo, aún consideran la conciencia como un epifenómeno de procesos biológicos, con lo que reducen la mente al cerebro.

No cabe duda de que los científicos que han adoptado una filosofía natural materialista y reduccionista han contribuido de un modo sustancial a nuestra comprensión de la naturaleza y de la naturaleza humana. La búsqueda de principios más simples de explicación — incluso a ecuaciones últimas— ha dado resultados impresionantes. Sin embargo, el simple hecho de que individuos que aceptan asertos materialistas hayan descubierto cosas nuevas y maravillosas no significa que estos asertos sean indiscutibles. La mayor parte del siglo pasado, el indisputable éxito de la ciencia moderna proporcionó serios obstáculos al análisis crítico de una explicación reduccionista/ materialista del mundo. No hace falta, por ejemplo, negar la existencia del alma para aceptar las verdades descubiertas por la genética y las neurociencias.

Portadas de los libros de Andrew Dickson y Francis Crick, citados por el autor para exponer las erróneas ideas del materialismo y el reduccionismo.

El contexto histórico en el cual el mito del conflicto entre ciencia y religión tenía sus raíces más profundas era la controversia entre evolución y creación, puestas como conceptos opuestos. La oposición, sin embargo, viene de las interpretaciones materialistas de la evolución y de las explicaciones simplistas de la creación. Tomás de Aquino nos enseña que la creación no es un cambio, sino la absoluta causa de todo. De esta manera, no puede haber conflicto, en principio, entre la doctrina cristiana de la creación desde la nada y las conclusiones de las ciencias naturales, puesto que estas últimas con- ciernen al mundo del cambio. La creación explica la existencia de las cosas; las ciencias naturales describen los cambios en y entre las cosas. Dios como Creador, como causa primera, hace las criaturas, desde las partículas subatómicas a los seres humanos, para ser causas reales en el universo —causas que pueden ser descubiertas y examinadas en las ciencias de la naturaleza y de la naturaleza humana—. El entendimiento de la creación, forjado por Tomás de Aquino en la Edad Media, ayuda a eliminar la confusión en los debates contemporáneos en la cosmología y biología evolucionista.

El mito de una larga historia de conflicto entre ciencia y religión, en realidad, tiene una historia relativamente breve.

Desde principios del siglo pasado, con los trabajos de Pierre Duhem, hemos podido apreciar el rol crucial desempeñado por la filosofía y la teología en el desarrollo de la ciencia en la Edad Media. Un mejor entendimiento de la interrelación histórica entre la teología medieval (incluyendo la teología musulmana y judía), la filosofía y las ciencias naturales proporciona un importante estímulo para semejante discurso interdisciplinario en nuestra época. Los historiadores  de la ciencia también nos han ayudado a entender que es un error ver el “caso Galileo” como evidencia para ciertos conflictos que abarcan todos los aspectos de la historia. En sus mejores momentos, Galileo discutió premisas tocantes a la relación entre la Biblia y la ciencia que habían sido afirmadas por Agustín de Hipona y Tomás de Aquino siglos antes. Además, la controversia entre Galileo y la Inquisición fue fundamentalmente disciplinaria y no doctrinal.

Pintura de Santo Tomás de Aquino,
cuya filosofía enseña que no hay conflicto entre la doctrina cristiana de la creación y las conclusiones de las ciencias naturales. Por Carlo Crivelli, S. XV.

Hoy, el materialismo y el reduccionismo siguen en ascenso en los círculos filosóficos, y la mayoría de los científicos adopta la perspectiva filosófica que prevalece. Pocos intelectuales parecen dispuestos a aceptar la distinción entre causalidad primaria y secundaria, tema crucial para un  adecuado  entendimiento de la relación entre la creación y las ciencias naturales. Muchas veces, tanto filósofos como científicos contemporáneos encuentran apoyo, para los errores que  he delineado, en una falsa perspectiva de la historia de la ciencia. Los historiadores de la ciencia conocen los viejos clichés de cierto conflicto fundamental entre ciencia y religión mejor que quienes las practican. Quizás, un  mejor  entendimiento de la historia de la ciencia anime a los filósofos y científicos del nuevo milenio a considerar el valor de la filosofía tomista como antídoto contra aquellos errores que todavía prevalecen.

La metafísica, la teología y la filosofía natural, por lo menos en la tradición de pensadores como Tomás de Aquino, nunca han sido las enemigas del pensamiento científico. Liberados de las anteojeras de un falso punto de vista de la historia de la ciencia, podemos ver más claramente cuán importantes son estas tres para la salud de las ciencias naturales. La remo- ción de estas anteojeras podría también animar a los que ya son comprensivos con el pensamiento tomista a reconsiderar su valor para la ciencia contemporánea. Sin embargo, tenemos que recordar que una filosofía de la naturaleza (y tam- bién, en cierto grado, la metafísica y la teología) separada de (o ignorante de) los grandes avances de las ciencias naturales es una empresa estéril. De un modo semejante, las ciencias naturales, separadas de la comprensión de la filosofía natural, de la metafísica y de la teología, proveen en el mejor de los casos una representación parcial de la verdad y, en el peor, una representación deformada.

Notas

  1. White, A., A History of the Warfare of Science with Theology in Christendom.
  2. 1.Crick, F., The Astonishing Hypothesis: The Scientific Search for the Soul

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