A partir de la pregunta sobre el lugar que cumple la fe cristiana en la praxis docente universitaria, un grupo de académicos de la universidad, apoyados por la dirección de la Pastoral, se reúnen para leer y reflexionar sobre el sentido de la experiencia cristiana a partir de diferentes libros. Esta vez dos académicos escriben sobre sus resonancias con las obras La conversión de Aurelio Agustín de Romano Guardini, Cartas a un joven poeta, del checo Rainer Maria Rilke y Cartas a Van Gogh de su hermano Teo.
Romano Guardini. La conversión de Aurelio Agustín
Mauricio Sepúlveda Iturra, profesor de la Facultad de Teología
Descubrimos con Guardini que la confesión de Agustín tiene a la base una profunda experiencia humana, tanto al nivel del autoconocimiento de sí como de las tensiones más elementales de los sentidos y la voluntad. Para el ítalo-alemán, en la experiencia del obispo de Hipona se pone de manifiesto que la conversión religiosa supone y exige un tipo de modificación existencial de orden racional, una primera conversión a la vida racional. Sin ella, la comprensión vital de la experiencia religiosa no es captada en su sentido ni en su profundidad. En efecto, la unidad de la vida que tanto enfatiza Guardini se traduce en la inexorable articulación de las dimensiones de la existencia humana y, por tanto, entre la razón y la fe. Por ello, Agustín nos comunica el deseo de ser habitado por Dios como un deseo que surge de nuestra naturaleza. De manera magistral, Guardini subraya la lucidez de San Agustín al mostrar que el deseo de Dios se ve condicionado por el apego del ser humano al mundo. En este último plano, Guardini destaca la positividad propia de la acción de Dios en la historia que considera al ser humano concreto, sin recortes ni idealizaciones. Por lo mismo, dicha relación está marcada por el amor de Dios que se traduce, en nosotros, en orientar nuestra vida, con todas sus tensiones, al Dios de Jesucristo.
La fe cristiana es una experiencia de vida y una vida en abundancia. Ser cristiano implica vivir la fe en el mundo concreto que habitamos. Por ello, el acontecimiento cristiano supone y reorienta la trama de la vida histórica humana, sus “gozos y esperanzas, sus tristezas y angustias”1 (GS 1).
Para nuestro tiempo, la interpretación de Guardini sobre la experiencia cristiana de Agustín puede ser una oportunidad para nosotros, académicos, profesionales y estudiantes, de comprender el sentido existencial del cristianismo; ante el predominio de la tecnociencia y cierta cultura de lo superficial, esta orientación teológica nos muestra que la vida acontece en la vida interior, en la que se manifiesta el espíritu humano que no se contenta con la exterioridad, sino que busca incesantemente un descanso. Para los cristianos, como para San Agustín, este descanso lo encontramos en Dios, porque «Nos hiciste, Señor, para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti» (Conf. 1, 1).
Cartas a poetas y a un artista
Magdalena Amenábar Folch, profesora de la Escuela de teatro
En un contexto académico predominantemente orientado a la productividad y a las exigencias docentes, las experiencias compartidas se tornan especialmente significativas porque contribuyen al fortalecimiento de la investigación y a la vida académica pero aún más a la dimensión gratuita del “hacer comunidad”.
En uno de los encuentros de lectura con otros colegas comenzamos con Cartas a un joven poeta, del escritor checo Rainer Maria Rilke, y luego nos adentramos en la correspondencia del pintor neerlandés Vincent van Gogh con su hermano Theo. Así, en reuniones acotadas, con cierta periodicidad, fue naciendo un espacio de diálogo que pronto desbordó el análisis literario para situarse, más bien, en el ámbito del encuentro.
Al calor de la forma íntima que caracteriza la escritura epistolar, la lectura se fue volviendo un acto colectivo, reactivando la dimensión dialógica del pensamiento. Desde una perspectiva profundamente humana y filosófica, aquello que allí acontecía era una forma de presencia, un modo de encontrar sentido con otros.
En este territorio común, la lectura deja de ser una metodología pedagógica o un recurso interpretativo y se convierte en un acontecimiento, donde las ideas surgen en un campo nuevo, mediado por voces, trayectorias y biografías que se nutren mutuamente.

La elección de textos epistolares no es, en esta iniciativa, un elemento secundario. Tanto en el caso de Rilke, con sus palabras acerca de la paciencia o de la tarea suprema del amor, como en el de Van Gogh, desde cuya escritura emergen poderosas reflexiones sobre la creación, sus certezas, la duda y la vida (“…Trata de comprender lo que dicen en sus obras los grandes artistas, los maestros serios, y verás que Dios está allí dentro…”), tamizado todo por el imaginario de los allí presentes, se reintroduce en el ámbito universitario una forma de relación con el conocimiento distinta de lo habitual, porque se cimenta más en la escucha sensible con sentido compartido que en lo puramente intelectual.
En un contexto de creciente individualización, este tipo de experiencias permite constatar que el pensamiento no se agota en sí mismo, sino que se configura en el encuentro con otros. Conversar o leer juntos sigue siendo una práctica convergente que hace posible que una comunidad se construya con sentido compartido.
Allí donde las palabras se vinculan y el pensamiento se encuentra, comprendemos mejor el mundo y comenzamos, silenciosamente, a transformarlo juntos.



