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No lloramos a un líder espiritual, celebramos una revolución de ternura

Homilía en el primer aniversario de la muerte del papa Francisco, 21 de abril de 2026

Foto por César Dellepiane

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

Ha transcurrido un año desde que el silencio se apoderó de la Plaza de San Pedro, marcando el momento en que el “Peregrino de la Esperanza” finalmente llegó a su destino. Nos reunimos hoy, no solo para conmemorar una fecha, sino para revivir la memoria de un gran hombre, el papa Francisco, quien dedicó su vida a infundir esperanza a los afligidos.

Tumba del papa Francisco – Foto de Juan Vicente Jara

Los invito a rememorar, más allá del año pasado, aquella tarde lluviosa de marzo de 2013. Recordamos la humilde figura en el balcón que no comenzó con un gran discurso, sino con un simple “Buenas noches”. Antes de ofrecer una bendición a la ciudad y al mundo, inclinó la cabeza y nos pidió —a nosotros, el pueblo— que oráramos por él. En ese singular acto de humildad, la distancia entre el trono del pescador y la esquina de la calle se desvaneció.

Él vino, como dijo: “de los confines de la Tierra”, y durante más de una década, nos guió de regreso a los límites de nuestros propios corazones y sociedades. Hoy, al conmemorar este primer aniversario de su partida al abrazo del Padre, lo hacemos con corazones llenos de gratitud. No solo lloramos a un líder espiritual; celebramos una revolución de ternura.

En la primera lectura, somos testigos del martirio de San Esteban. Al igual que Esteban, el papa Francisco nos desafió a no escondernos detrás de estructuras rígidas, sino a levantar la mirada y ver los “cielos abiertos”. Nos recordó que una Iglesia que no corre riesgos para dar testimonio de la verdad es una Iglesia que se enferma. Hoy, recordamos a un Pastor que, como Esteban no tuvo miedo de ser signo de contradicción si eso significaba ser fiel al Espíritu.

En el Evangelio de hoy, escuchamos que Jesús hace una declaración definitiva: “Yo soy el pan de vida; el que viene a mí no tendrá hambre”. Si observamos el legado del papa Francisco, a un año de su partida, vemos a un hombre que intentó “partirse” a sí mismo como pan para el mundo. Ya fuera lavando los pies de los prisioneros, abrazando a los desfigurados o suplicando por la “casa común” de nuestro planeta; sus acciones tenían como fin volver a señalarnos esta verdad del Evangelio: Dios se encuentra en lo sencillo, en lo quebrantado y en lo compartido.

Queridos hermanos y hermanas: el papa Francisco nos enseñó que un pastor debe oler a oveja. Nos recordó que la Iglesia no es un museo de santos, sino un hospital de campaña para los heridos. Su pontificado no se definió por el oro de la cruz pectoral, sino por el polvo que se le pegaba a los zapatos tras visitar las periferias: Lampedusa, los barrios marginales de Nairobi, las zonas periféricas de Papúa Nueva Guinea, las cárceles y los hogares de ancianos.

Nos recordó que la Iglesia no es un museo de santos, sino un hospital de campaña para los heridos.

“Dios nunca se cansa de perdonarnos; somos nosotros quienes nos cansamos de buscar su misericordia”. Este fue el alma de su ministerio. No solo hablaba de misericordia: nos la hacía sentir. Nos desafió a pasar de una cultura del “despilfarro” a una cultura del encuentro.

El papa Francisco miró al mundo y vio más allá de la política; vio a un mundo que sufre y una “hermana naturaleza” que clama a nosotros. Un año después, su llamado a la ecología integral sigue siendo más urgente que nunca. Nos enseñó que no podemos amar al Creador si despreciamos la creación, y no podemos amar a Dios si ignoramos a los pobres que más sufren nuestros excesos. Honrar su memoria hoy es vivir con mayor sencillez, con mayor sostenibilidad y con mayor generosidad.

Foto de Agência Brasil

Hoy, al reunirnos aquí para celebrar esta Sagrada Eucaristía en el primer aniversario de su pascua, recordemos su visita a Chile en 2018. Estuvo con nosotros cuatro días. Vino a predicar la paz y la reconciliación. Nos recordó la necesidad de proteger los derechos de los pueblos indígenas y nos pidió que cuidáramos de los migrantes. Constantemente desafió a los chilenos a rechazar una sociedad consumista que “descarta” a los pobres y a los ancianos.

Nos enseñó que no podemos amar al Creador si despreciamos la creación, y no podemos amar a Dios si ignoramos a los pobres que más sufren nuestros excesos.

Queridos hermanos y hermanas, si queremos erigir un monumento al papa Francisco, que no sea de mármol, sino de misión. Él soñaba con una Iglesia “sinodal”, una Iglesia que escucha, camina unida y abre sus puertas de par en par.

A menudo nos decía: “¡Por favor, no se dejen robar la esperanza!”. Incluso en sus últimos días, debilitado por la edad, su espíritu permaneció como el de un “peregrino de la esperanza”. Nos mostró que la vulnerabilidad no es una debilidad, sino el espacio donde la gracia de Dios obra con mayor poder.

Al celebrar esta Eucaristía —el acto supremo de acción de gracias— encomendamos a Jorge Mario Bergoglio a la infinita misericordia que predicó incansablemente.

Casi podemos imaginarlo ahora, de pie ante el Señor, escuchando finalmente las palabras: “Bien hecho, siervo bueno y fiel”.

Al marcar este primer año sin su presencia física, no miramos hacia atrás con tristeza. En su lugar, miramos el Pan en este altar. Recordamos su petición favorita: “Por favor, no se olviden de rezar por mí”. Hoy, rezamos por él, pero también rezamos con él, pidiendo la gracia de ser una Iglesia “accidentada, herida, y manchada por salir a la calle”, en lugar de una Iglesia enferma por el encierro y por la comodidad de aferrarse a su propia seguridad.

¡Amén!

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