Esta semana los cristianos celebramos la fiesta más importante del año: la Octava de Pascua, cuando la alegría del Domingo de Resurrección se prolonga hasta el domingo siguiente.
En esta reflexión, quisiera centrarme en un rasgo particular: Las llagas de Cristo no fueron borradas con la resurrección. Yo pensaría que son un signo de derrota y, por tanto, Dios omnipotente las habría curado —como la oreja del soldado la noche que capturaron a Jesús—. Pero sus heridas siguen ahí, incluso el apóstol Tomás quiso verlas y tocarlas: «Si no le veo en las manos la marca de los clavos, y no meto mi dedo en esa marca de los clavos y meto mi mano en el costado, no creeré». (Jn 20, 25).

Las llagas en el cuerpo de Cristo resucitado podrían parecer un escándalo, pero más bien están llenas de una ternura infinita. Su cuerpo glorificado no es la simple reanimación de un cadáver. Él no ha resucitado para volver a morir, como ocurrió con su amigo Lázaro en un signo que prefigura la victoria pascual. Cristo mismo entró enteramente en una dimensión nueva, incorruptible, libre del tiempo y el espacio y, sin embargo, conserva las marcas de la Pasión.
Esto ocurre porque la gloria no cancela la historia: la asume, la transfigura y la eleva. Como dijo Benedicto XVI en Jesús de Nazaret (pág 205): “Él es el mismo, de carne y hueso, y también el nuevo, el que ha entrado en un género de existencia distinto”.
El mismo y el nuevo. Esa paradoja es el corazón del misterio pascual. Es el mismo Jesús que caminó por Galilea, que tocó a los leprosos, que lloró ante el sepulcro de Lázaro, que fue clavado en la Cruz. Y a la vez es alguien radicalmente nuevo, que es reconocible y a la vez irreconocible como lo fue para los discípulos de Emaús (cf. Lc 24, 13-35). Las llagas son el punto de contacto entre ese Cristo ultrajado y ese Cristo glorificado: «Ha amanecido el día que ya no tiene ocaso, porque en esa noche santa, la misma noche ha sido vencida, y el poder de las tinieblas ha depuesto sus armas ante el Sol naciente, que ya nunca más ha de ponerse: Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más», (Rom 6, 9).
Las llagas del cuerpo glorioso de Cristo son el signo eterno de que el sufrimiento fue real, por lo mismo no puede ser ignorado ni borrado, sino asumido, vencido y transformado en amor. Y, de esa misma manera, Dios mira con dolor, pero también con amor nuestras heridas. Las hace suyas y las convierte en fuente de vida. Como dice Rey Ballesteros en La Resurrección del Señor (pág. 297): “Las cinco llagas de Cristo son cinco ventanales traspasados de una luz purísima. Pero jamás gozaremos de esta claridad si no nos percatamos de un detalle de suma importancia: esas cinco heridas son nuestras heridas; nuestras llagas. Y ese Jesús glorioso que las muestra a los apóstoles en el mismo día de su glorificación está gritando al mundo que se ha llevado al cielo nuestros dolores, y ahora nos los devuelve”.
Las llagas del Cirio Pascual, que se encenderá en misa durante los próximos 50 días, representa las cinco llagas de Cristo. Cinco ventanales de luz purísima. Estas llagas no son cicatrices oscuras en un cuerpo glorioso. Son aperturas por donde pasa la luz. Iluminan nuestra propia herida porque son nuestras llagas. Cristo las tomó en la Cruz y las llevó consigo al cielo.
La Cruz se convierte entonces una fuente de resonancia vertical entre Dios y nosotros, dice Rosa Harmut en Resonancia. Esto cambia nuestra forma de relacionarnos con el Padre de manera radical: Cristo sube al cielo con nuestras heridas; segundo, nos las devuelve transformadas. Lo que era marca de derrota se convierte hoy en señal de victoria.
Cristo resucitado no promete una prolongación indefinida del tiempo y el espacio, sino una vida cualitativamente nueva, transfigurada, en la que incluso las heridas adquieren un significado diferente. Las llagas victoriosas son las mismas y, a la vez, son otras. Llevan la misma historia, pero ya no la misma derrota.
«Aunque es de noche»: el amanecer que ya viene
La misa de la Vigilia Pascual comienza en las tinieblas y termina en la explosión de la luz que se expande de vela en vela, portadas por cada fiel hasta iluminar a toda la asamblea. La luz no niega que hubo oscuridad. No pretende decir que la noche no existió. La ilumina desde dentro, la atraviesa y transforma. «Aunque es de noche», ya está germinando el alba. El sepulcro está vacío. Las llagas son victoriosas. El amor es más grande, como enfatiza Ballesteros: “Cada vez que me sienta tentado, cada vez que la tristeza quiera apoderarse de mi alma, al antiguo enemigo le habré de gritar: ‘¡Cristo vive!’. No amo a un muerto; he dado mi amor a Aquel que vive”.
Y nosotros —que hemos estado con él en estos días, que hemos tocado de algún modo sus llagas y hemos reconocido en ellas las nuestras— somos enviados. No a un mundo de victorias fáciles y vidas sin heridas, sino a ese mundo real, a ratos oscuro, donde todavía hay personas esperando escuchar lo que las mujeres corrían a gritar en la madrugada de Pascua: “¡Ha resucitado!” (Mt 28, 6). El amor es más grande. ¡Ve y anúncialo!




