En los últimos 15 años la proporción de chilenos que se identifican como católicos se redujo prácticamente a la mitad. Sin embargo, tras este descenso, los datos de los últimos cinco años muestran una llamativa tendencia a la estabilización, con cifras en torno al 40% (Encuesta Bicentenario 2025). ¿Estaremos acercándonos a lo que comúnmente se denomina “piso estadístico”, es decir, el valor mínimo o base que una variable alcanza y del cual es muy difícil que baje?
Lejos de ser un motivo de desánimo, este “suelo desnudo” nos permite ver con claridad dónde estamos parados y, sobre todo, en qué cimientos queremos reconstruir nuestra comunidad. Para usar una metáfora: quien ha participado en la remodelación de una casa conoce ese momento de “desnudez” cuando, tras retirar las viejas baldosas dañadas, queda expuesto el piso de concreto. En un sentido más amplio, una reconstrucción no puede comenzar sin ese proceso de despojo y “honestidad estructural” —que nos permite distinguir lo accesorio de lo fundamental— para edificar sobre lo que realmente es sólido.
Durante mucho tiempo, el catolicismo fue un rasgo innato de la cultura chilena, una etiqueta que se sostenía en parte por la inercia de la costumbre. Afirmar esto no implica en ningún caso minusvalorar la presencia histórica de nuestra Iglesia en el país, pero sí reconocer que estamos siendo testigos de un cambio. Tras un periodo de “depuración”, marcado por el desvanecimiento de un catolicismo presumiblemente más “nominal” o “cultural”, tal vez estemos comenzando a tocar “el piso de concreto”. Lo que queda es un núcleo más reducido, pero potencialmente más autoconsciente y definido. No es una mayoría por costumbre, sino una comunidad que ha decidido permanecer a pesar de las fatigas y las crisis institucionales que tanto han dolido.
Lo que queda es un núcleo más reducido, pero potencialmente más autoconsciente y definido. No es una mayoría por costumbre, sino una comunidad que ha decidido permanecer a pesar de las fatigas y las crisis institucionales que tanto han dolido.
Este “piso” no es solo una cifra; es un llamado espiritual a la autenticidad. De poco sirve una fachada amplia y vistosa si la casa no está construida sobre cimientos firmes. No es que los números no importen. Vivir con esperanza el catolicismo hoy no significa ignorar el peso de los datos. Al contrario, significa reconocer que, al no ser ya una mayoría cultural indiscutida, tenemos la responsabilidad de vivir nuestra vocación de manera más radical. Cuando dejamos de preocuparnos por sostener una “influencia social” por la fuerza del número, podemos concentrarnos en ser un “puesto de avanzada misionero” en una tierra que tiene sed de sentido.
Nuestra fe hoy es invitada a crecer no en cantidad, sino en profundidad: que la herencia que hemos recibido trasunte hacia un camino elegido de encuentro personal con Dios, que nos transforma desde nuestros más profundos cimientos. Esta transformación es la que hace que nuestra vida sea auténticamente cristiana, más allá de cualquier etiqueta o identificación nominal.
En este nuevo escenario, el desafío no es recuperar el poder del número, sino la fuerza del testimonio; no se trata de volver a ser muchos, sino de ser luz en la sencillez de una entrega generosa.
“La Iglesia de mañana será pequeña, y en gran medida tendrá que comenzar desde el principio. Ya no podrá llenar muchos edificios construidos en tiempos de esplendor. Junto con el número de fieles perderá muchos de sus privilegios en la sociedad. Se presentará sobre todo como una comunidad a la cual se ingresa solo por una decisión voluntaria. Como comunidad pequeña exigirá mucho más la iniciativa de sus miembros (…) Pero de esta Iglesia más espiritual y sencilla brotará una gran fuerza”, Conferencias radiales de Joseph Ratzinger en 1969.



