Cuando Benedicto XVI visitó Madrid, en agosto de 2011 para la Jornada Mundial de la Juventud, España atravesaba una etapa muy diferente a la actual. Habían pasado apenas tres décadas desde la Transición democrática y, aunque la secularización avanzaba con rapidez, el país conservaba una profunda memoria católica compartida. La Iglesia seguía siendo una referencia cultural ampliamente reconocida, incluso para quienes se habían alejado de la práctica religiosa.
15 años después, la España que recibirá al Papa León XIV es otra. El cambio no consiste, únicamente, en una disminución de la práctica religiosa o en la caída de determinados indicadores sociológicos. La transformación más profunda tiene que ver con la manera en que las personas se relacionan con la fe.
Si en generaciones anteriores la fe se recibía casi por inercia familiar y social, hoy la relación con la religión es mucho más electiva. La fe se elige más y se hereda menos.
España continúa siendo un país de matriz cultural católica. Su patrimonio, sus fiestas populares, su arte, su lenguaje y buena parte de su identidad histórica siguen marcados por el cristianismo. Sin embargo, ha dejado de ser una sociedad de socialización católica automática. Si en generaciones anteriores la fe se recibía casi por inercia familiar y social, hoy la relación con la religión es mucho más electiva. La fe se elige más y se hereda menos.
Este cambio se percibe especialmente entre los jóvenes. Conviven al menos tres realidades distintas. Por un lado, una mayoría más distante de las formas tradicionales de práctica religiosa. Por otro, una minoría católica más consciente de su identidad, menos acomplejada y a menudo más visible en el espacio público. Finalmente, existe una búsqueda espiritual más difusa que no siempre desemboca en pertenencia eclesial, pero que revela que las grandes preguntas sobre el sentido, la trascendencia y la comunidad siguen presentes.
No estamos asistiendo a un retorno masivo a la religión. Sin embargo, sí aparecen signos de una cierta des-secularización parcial en algunos ambientes juveniles. El interés por la liturgia, las peregrinaciones, las nuevas comunidades, la música religiosa, los testimonios públicos de fe y la presencia de contenidos católicos en las redes sociales son fenómenos que 15 años atrás resultaban mucho menos visibles.
La comparación con las anteriores visitas papales ayuda a comprender la evolución. La España que recibió a san Juan Pablo II en 1982 era una sociedad recién salida de la Transición, con una Iglesia todavía muy presente en la vida familiar, educativa y territorial. Existía secularización política, pero persistía un fuerte catolicismo sociológico. En 2011, España era una sociedad plural, secularizada, con un fuerte anticlericalismo en algunos sectores. Sin embargo, conservaba una importante capacidad de movilización católica. Aquella Jornada Mundial de la Juventud reunió a millones de jóvenes -aunque muchos vinieron de afuera- y constituyó una demostración pública de que el catolicismo juvenil seguía existiendo, organizado y con vocación internacional.
La realidad actual es distinta. Hay menos identificación religiosa heredada, menos práctica regular y una mayor distancia cultural respecto de la institución eclesial. Pero se observa un fenómeno menos comentado, igual de importante: el anticlericalismo ha perdido intensidad, y hay cada vez más jóvenes dispuestos a declarar abiertamente su fe. Si durante la visita de Benedicto XVI las protestas y la confrontación ocupaban una parte del debate público, hoy el clima es diferente. No necesariamente porque exista una mayor adhesión a la Iglesia, sino porque el rechazo militante ha cedido espacio a una actitud más indiferente en algunos sectores y más abierta en otros.
En este contexto, la visita de León XIV llega en un momento particularmente significativo. En una sociedad marcada por la fragmentación política, la incertidumbre tecnológica y la búsqueda de referentes morales, la figura del Papa despierta interés más allá de los creyentes. Para muchos, representa una voz capaz de hablar sobre la paz, la dignidad humana, la inteligencia artificial, las migraciones o la convivencia social desde una perspectiva que trasciende las divisiones ideológicas. Los católicos agradecemos que hable sobre estos temas desde una perspectiva de fe, enraizados en el Evangelio. Los que no comparten la fe, pero buscan una brújula que perdure en el tiempo en la era de la inmediatez, ven cada vez con más cariño la voz del Santo Padre.
Las visitas papales nunca transforman por sí solas una sociedad. Pero sí generan visibilidad, fortalecen la autoestima de las comunidades creyentes y permiten que la Iglesia se presente nuevamente ante el conjunto de la sociedad. Eso ocurrió en Madrid en 2011 y volverá a ocurrir en 2026. La diferencia es que la Iglesia que recibe a León XIV es más pequeña que la que recibió a Benedicto XVI, pero quizá también más consciente de sí misma. Y la España que lo recibe es menos religiosa que la de hace quince años, aunque posiblemente esté más dispuesta a escuchar.




