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El misterio en una caja de madera: El retablo surandino

La imagen tiene un rol crucial al momento de experimentar y conocer lo sagrado, ya que permite vincular el contexto presente con nuestra experiencia de fe. ¿Bajo qué lógicas se construye y opera la imagen de culto? Analizaremos el caso del retablo surandino como un modo particular de revitalizar la fe. 

 

Este proyecto de investigación-creación1 buscó rescatar la tradición iconográfica popular del retablo y ponerla en diálogo con la experiencia de fe actual. Una pequeña caja de madera que se abre como un altar portátil. En su interior hay una virgen, santos, campesinos y animales pintados con colores intensos. Ese objeto es mucho más que una artesanía. 

 Imagen y religión popular 

 Con frecuencia se establecen divisiones entre lo popular y lo culto, lo racional y lo simbólico. Esta investigación propone entender estas dimensiones como complementarias dentro de la experiencia religiosa. 

Así, lo que denominamos una tradición iconográfica popular hace referencia a una serie de prácticas y estrategias para producir imágenes, enmarcadas en un contexto religioso específico de hibridación cultural en donde se condensan procesos de apropiaciones selectivas4. Esto es relevante porque, tal como se destaca en la Evangelii nuntiandi, conocer la enseñanza de Cristo implica tener una experiencia de fe a través de la imagen, o del arte en general. Aquí, la experiencia estética asume un rol fundamental. 

Ahora bien, ¿en qué medida nuestro encuentro con la imagen puede considerarse una experiencia de fe? Cuando estamos frente a una imagen de Cristo, por ejemplo, percibimos cómo hasta cierto punto hay algo de su presencia encarnada en ella, pero por supuesto sin llegar a identificarla con Cristo mismo. Esta función de la imagen de culto es estético-sacramental y permite encarnar en el ámbito sensible una verdad teológica, transformando en este diálogo experiencial a quienes la perciben según cada contexto cultural. Esta transformación, cuando es eficaz, resulta un modo idóneo para revitalizar la fe. 

El retablo surandino 

Las imágenes estudiadas corresponden a los denominados sanmarcos desarrollados en la zona de Ayacucho, que más tarde pasaron a llamarse genéricamente retablos6, los cuales abarcan una gran variedad de tamaños, formas y funciones. Sus autores originales —los maestros campesinos, la mayoría pintores anónimos— se ubicaron en los sectores rurales del sur andino durante gran parte del siglo XIX y principios del XX. El estilo popular fue como un arte reactivo a los estilos oficiales, pero buscando el diálogo con las escuelas más consagradas. 

Es a partir de esta tradición que se da origen a una lógica particular de presentar la imagen, la cual es construida mediante estrategias estéticas específicas, presentadas aquí como un sistema plástico surandino. No se trata de un canon rígido, sino de un lenguaje abierto y flexible, cuya estética se va articulando constantemente con su contexto comunitario. 

Hay un grupo importante de retablos cuya imagen se estructura por niveles horizontales en los cuales yacen las figuras, desde las más sagradas en los niveles de arriba (santos, vírgenes) hasta las más prosaicas en lo bajo (campesinos, animales). Otras, en cambio, poseen una sola figura o escena central. Lo principal de este lenguaje plástico es el énfasis puesto en la geometrización de las formas y en el uso de contrastes cromáticos, transmitiendo una pregnancia de la figura para que sobresalga hacia el espacio del espectador. Este punto es lo que moviliza su función estético-sacramental, apuntando por un lado a resaltar la figura del fondo y, por otro, a otorgar vitalidad a las formas, lo que permite generar un diálogo experiencial y cognitivo entre espectador, imagen y prototipo. 

 

Producción de imágenes  

Si bien existen múltiples artesanos y artistas que continúan con esta tradición iconográfica, uno de los desafíos como comunidad es generar nuevas estrategias para traer este tipo de imágenes al presente. En nuestro caso, se creó un retablo acorde con la estética surandina, donde se construyó una estructura de caja con puertas pintadas y dos niveles, en los cuales se dispusieron diferentes figuras tridimensionales hechas con la mezcla de yeso con harina, tal como se realiza tradicionalmente. 

La imagen de culto no es una simple representación simbólica; ésta encarna un Misterio, que se nos presenta resonando inequívocamente en nuestro espacio. Es una experiencia estética, una experiencia de fe, una experiencia con lo sagrado. 

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