A menudo miramos la vejez con temor, como si el paso de los años restara valor a nuestra existencia. En una cultura que nos mide por lo que producimos, la fragilidad suele verse como un error. Sin embargo, al observar a nuestros adultos mayores, no solo vemos nuestro futuro, sino la verdad más profunda de nuestra condición: somos hijos amados por Dios cuya vida es un don que se profundiza con los años, aunque tengamos contratiempos y dificultades.
En la Biblia, llegar a viejo no es una maldición, sino una bendición, un signo tangible de la fidelidad de Dios. “En eso está tu vida y la duración de tus días, mientras habites en la tierra que el Señor juró dar a tus padres (…)” (Dt 30,20). La vida no debiera ser vista como una propiedad privada que se devalúa con el uso, sino un don que se profundiza con el tiempo. Así, con Abraham y Sara, en avanzada edad, Dios plantó la semilla de la promesa de salvación en su vejez. Dios espera a que las fuerzas humanas de Abraham se agoten para intervenir, demostrando así que la fecundidad del pueblo elegido no es fruto del tiempo de vida, sino de la Gracia. La Escritura subraya el privilegio de la edad avanzada, convirtiéndola en promesa: “Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré. Engrandeceré tu nombre, y tú serás una bendición.” (Génesis 12:2)
Al tiempo de la vejez, por lo tanto, no lo debemos tapar, no honramos al adulto mayor por lástima, lo honramos por justicia y por supervivencia propia. No debemos ocultarlos “No me rechaces cuando llego a la vejez, no me desampares cuando me fallan las fuerzas” (Sal 71,9). El adulto mayor nos enseña siempre porque experimenta en su carne la contingencia radical del ser humano. Mientras somos jóvenes, vivimos bajo la ilusión de la autosuficiencia; creemos que nos sostendremos a nosotros mismos siempre, lo que no pude estar más lejos de nuestra propia e inevitable realidad terrenal.

San Agustín, nos recuerda que Dios no abandona en la debilidad; al contrario, es allí donde su fuerza se hace perfecta. Recordemos en que 2 Corintios 12:9 se señala: “(…) pero me respondió “Te basta mi gracia, mi mayor fuerza se manifiesta en la debilidad”. Con todo gusto, pues, me alabaré de mis debilidades, para que me cubra la fuerza de Cristo.” Si rezamos al final de nuestros días es también porque necesitamos ser sostenidos y reposar en Dios.
Nuestra cultura occidental, heredera de una visión que nos reduce a lo que producimos, ve la fragilidad como un fallo en nuestra organización. Sin embargo, para los cristianos la fragilidad es condición de vida y una enorme posibilidad para el amor. Si fuéramos seres perfectos y autosuficientes, no necesitaríamos a nadie, no amaríamos. El que es dependiente en su vejez, en su debilidad, pende de otros, y al hacerlo nos recuerda que somos seres en relación a otros. La fragilidad o la debilidad nos convoca a la compasión. Si marginamos al que sufre en su fragilidad alejamos la empatía en la comunidad.
Con el inevitable paso del tiempo, la piel se arruga, la memoria falla, los huesos duelen, es ahí donde surge la resiliencia. Es imposible no asimilar este proceso de perdida en el ciclo de vida al propio de Jesús, particularmente en tiempo pascual. En la Cruz, Jesús no era autónomo; dependía de otros incluso para beber agua. Y de cara a la Resurrección, San Juan Pablo II, en su Carta a los Ancianos, escrita cuando él mismo sufría el peso de la enfermedad, nos señalaba: “No me entristece la certeza de la muerte, me consuela la promesa de la futura inmortalidad”. Es la Esperanza de no ir hacia la nada, de que nada será en vano porque vamos hacia el abrazo con el Padre.
Una última reflexión parece necesaria: estamos llamados a romper la unidireccionalidad de la asistencia social hacia los adultos mayores, una donde nosotros damos y ellos reciben, para entrar en la dinámica del encuentro. Debemos entender que la fragilidad de los adultos mayores no es un problema reducible a lo técnico para ser resuelto, sino un misterio a abrazar. Al contemplarlos nos miramos en un espejo. Vemos nuestro propio futuro, sí, pero también vemos la verdad de nuestra condición humana: somos hijos amados por Dios hasta el final de nuestros días. Dejemos que ellos nos retroalimenten con su sabiduría, su paciencia, su memoria y nosotros lo hagamos con nuestra gratitud, compañía, ayuda y respeto.
Sigamos de esta manera, con ilusión, juntos construyendo la “Familia de Dios”, porque como dice el Salmo 92,15 “Aún en la vejez tendrán sus frutos, pues aún están verdes y dan brotes”.
¿Cómo miro hoy mi propia fragilidad y la de los adultos mayores que me rodean?
¿Qué gestos concretos puedo realizar esta semana para pasar de la mera asistencia al encuentro real con un adulto mayor?



