Un cristiano evangélico, un judío y un musulmán nos responden esta pregunta en tiempos donde la fe parece reflorecer en una sociedad necesitada de vida espiritual y con una profunda sed de infinito.
Pablo Vernola, profesor docente asistente de la Facultad de Teología UC. pablo.vernola@uc.cl
Es complejo hablar de una sola “espiritualidad evangélica”, pues las iglesias protestantes son un conjunto de comunidades y tradiciones muy diversas que responden a distintas corrientes teológicas y denominaciones. Pero voy a señalar algunos elementos:
El sentido de comunidad y pertenencia. Uno de los aportes que muchas comunidades evangélicas ofrecen a los jóvenes es el sentido de “pertenecer” a un movimiento más grande que el meramente local, el sentido de experiencia compartida y de que esa etapa tan particular puede ser vivida junto a otros. En ese espacio de encuentro se forjan amistades y se proponen actividades que estimulan la búsqueda espiritual en compañía de otros, incluyendo también espacios lúdicos, artísticos y de entretenimiento.
La búsqueda de experiencia personal. Aunque parezca una contradicción con lo anterior, en muchos casos la espiritualidad evangélica enfatiza la búsqueda individual de Dios y releva la propia experiencia mística del vínculo con Él, más allá de la fe transmitida en el hogar. En muchos casos se subraya la importancia de predisponerse para poder encontrar a Dios de manera personal en los lugares de culto juveniles, donde los espacios musicales de calidad tienen una gran centralidad.
El énfasis puesto en el acompañamiento. Una de las claves más importantes. En general, la pastoral juvenil de las iglesias evangélicas pone el foco en el acompañamiento individualizado de los adolescentes y jóvenes, tomando en serio el seguimiento y la contención, haciendo énfasis en que las personas no se sientan solas, sino bien recibidas en las actividades, que se las reconozca por su nombre, que se las contacte durante la semana y que se generen vínculos de pertenencia y amistad genuinos.

Marcos Singer González, director MBA, Escuela de Administración UC | msinger@uc.cl
Decía Carl Jung que la manera en que un joven puede sacar el máximo potencial de sí mismo es a partir de una claridad respecto de su propósito. Para descubrirlo, él debe habitar alejado de dos extremos: por un lado, el materialismo y, por el otro, el fanatismo religioso. Para el materialismo, las personas no somos otra cosa que un artefacto, sin propósito alguno —más allá del biológico—. No existe la verdad, sino un juego de poder e intereses, tal como lo señalaba Michel Foucault. Por el lado del fanatismo religioso, las personas son meros instrumentos del propósito de Dios. La verdad es absoluta y está revelada.
La espiritualidad judía es el amplio espacio entre ambos extremos. La parte más cercana al materialismo es más bien agnóstica. Intuye que sí existen el bien y el mal absolutos, y que estamos llamados a algo trascendente. En la otra dirección está la religiosidad, que profesa una cierta verdad, sin condenar al resto. Cree en un determinado dios, pero acepta que su versión es compatible con otras, de igual manera que una misma persona tiene varias caras dependiendo del punto de vista del observador. La institucionalidad religiosa estudia y educa con claridad en qué es el bien y el mal, pero le da a la persona el espacio de libertad que lo reconoce como un agente, no un mero instrumento.
La comprensión del bien y el mal es la base de cualquier escala de valores. Por ejemplo, la franqueza está más cerca del bien; el engaño está más cerca del mal. Este valor es abstracto, por lo cual cada persona lo materializa a su propia realidad y circunstancias para decidir, en cada caso y libremente, cuándo decir la verdad y cuándo no.
La espiritualidad judía, o de otro tipo, es atractiva porque el mundo se ha polarizado entre el extremo materialista y el otro fanático, y ninguno parece producir el máximo potencial de nadie. Por el contrario, una definición valórica libre y personal permite —aunque no garantiza— el éxito de los jóvenes en sus proyectos personales. Nadie será feliz sin una compatibilidad valórica con sus seres queridos. Nadie prosperará en su empleo o en los negocios si no está alineado con los valores de su empleador o de sus socios.
En resumen, la espiritualidad y los valores que ésta ilumina les dan una chance a los jóvenes de encontrar la verdadera felicidad.
Sheij Gustavo Zehnder, presidente del Centro Islámico Ahlul Bait Chile, director de ADIR | gustav.zehnder.s@gmail.com
Dentro de los métodos de espiritualidad que ofrece el islam, la súplica es un contacto más íntimo y directo con Dios. Existen súplicas que simplemente nacen del corazón en nuestra propia lengua y algunas más elaboradas que reúnen personas en determinados días y meses.
El Sagrado Corán y el Profeta Muhammad (Bpd) nos enseñan súplicas recopiladas en libros específicos, como Las llaves del Paraíso u otras obras, dependiendo el madhab1 que se consulte: “Y, cuando al ser humano le toca un mal, nos invoca suplicante. Pero cuando hacemos que le llegue un beneficio que procede de Nosotros, dice: «En verdad, lo he obtenido gracias a mi inteligencia». Pero, en realidad, es una prueba, aunque la mayoría de ellos no saben”2.
La Súplica en los Hadices3
Dijo el Imam Ali (P): “La súplica es el escudo del creyente, y cuando se llama a una puerta durante mucho tiempo, finalmente se abrirá”. Dijo el Imam Zainul Abidin (P): “La súplica es el método más seguro para alejar las calamidades”. Cuando una persona suplica a Dios, el cerebro puede experimentar varios efectos medibles desde la neurociencia. Esto no “prueba” lo espiritual, pero sí muestra cómo la práctica influye en la mente y el cuerpo.
La ciencia es fundamental para dar respaldo a nuestras creencias. Por eso los estudios han determinado que suplicar disminuye el estrés y la ansiedad, creando la llamada ‘paz mental’. Mejora la regulación emocional, observándose mayor participación de la corteza prefrontal, una zona relacionada con el control de impulsos, reduciendo la rumiación mental al entregarle nuestras preocupaciones a Dios. Las súplicas centradas en gratitud, confianza o esperanza pueden activar neurotransmisores como la dopamina, asociados con motivación y bienestar subjetivo.
Dijo el Imam Musa (P): “La súplica es un medio para alejar las calamidades”. Puede ser uno de los métodos más atractivos de la espiritualidad para los jóvenes, pues ayuda a comunicarnos, conocernos, ser justos, sinceros, humildes, protegernos e incluso estabilizarnos químicamente, abriéndonos con sinceridad ante Dios y su refugio, evaluamos nuestras necesidades y es una introspección de lo incapaces que somos como criaturas mundanas, pero con esencias de alma y espíritu sopladas por Dios Todopoderoso.



