Roxana escuchaba embelesada los versos que ascendían hasta su balcón, convencida de que venían de la inspiración Christian, el joven apuesto que tenía enfrente suyo. Sin embargo, las palabras nacieron de otro hombre escondido en las sombras: Cyrano de Bergerac, brillante poeta, capaz de expresar un amor al que el declamador no sabía ponerle palabras.
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Con esa imagen literaria, el académico Juan Narbona, de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz (Roma), cerró una de las reflexiones del conversatorio Desafíos de la IA, dentro del Seminario Comunicaciones e Iglesia que se realizó en la Pontificia Universidad Católica de Chile los días 27 y 28 de julio de 2026. Para Narbona, la IA puede ayudarnos a encontrar palabras, -como consultaba Christian a Cyrano, -su ghostwriter– ideas e incluso inspiración, pero la vida espiritual y el discernimiento exigen algo que ninguna máquina puede lograr: la búsqueda de la verdad desde una impronta y experiencia personal, una capacidad particular de amar, una experiencia espiritual genuina e íntima. Eso es lo que hace a cada ser humano único e irrepetible.
La conversación, que estuvo moderada por Paula Aguirre, vicerrectora de Inteligencia Digital de la UC, reunió además a Matthew Harvey Sanders, fundador de Magisterium AI, una plataforma de búsqueda de contenido católico que ofrece datos precisos y confiables sobre diversos temas de fe y que se apoya en más de 32.000 textos de diversas épocas de la historia de la Iglesia. Aunque gran parte del diálogo abordó aplicaciones prácticas, oportunidades y desafíos tecnológicos, emergió una pregunta más profunda: ¿qué significa ser humano en una época en que una máquina parece capaz de responderlo todo?
Una oportunidad inédita para la evangelización
Para Sanders, la Iglesia nunca había tenido una herramienta tan poderosa para difundir su enseñanza. Gracias a sistemas capaces de consultar documentos, encíclicas, escritos de santos, padres y doctores de la Iglesia trabajados y recopilados durante siglos, hoy es posible acercar ese patrimonio a cualquier persona, cuando hace solo unas décadas era un lujo para pocos.
Sin embargo, ambos expositores coincidieron en que la tecnología no constituye un fin en sí misma. La encíclica Magnifica Humanitas, tema central del seminario, aparece como una invitación a recordar conceptos y actualizar los cuatro pilares de la Doctrina social de la Iglesia: bien común, solidaridad, subsidiariedad y dignidad humana. Frente a una sociedad fascinada, y a veces anestesiada por la innovación, la tarea de la Iglesia debe ser traducir esas intuiciones al lenguaje de nuestro tiempo. Narbona indica que ahí surge una oportunidad para los comunicadores católicos: ayudar a que las preguntas que hoy genera la IA encuentren respuestas en la sabiduría cristiana acumulada durante más de 20 siglos.

El riesgo de delegar lo esencial
Pero si la IA ofrece posibilidades inéditas, también identifica riesgos en detrimento de la humanidad: la tentación de delegar en la tecnología responsabilidades que pertenecen a la persona como, por ejemplo, el acompañamiento espiritual, la asistencia psicológica, retiros espirituales, litúrgicos o la recepción de sacramentos.
Narbona advirtió que comunicar la fe no consiste solamente en transmitir información, sino en dejarse interpelar por el mensaje. El peligro aparece cuando una herramienta capaz de producir textos, imágenes o respuestas de calidad nos lleve, como a Roxana, a “enamorarnos” de lo que produzca una máquina que recibe órdenes, sistematiza datos y que sea esta una guía que sustituya la sabiduría y la experiencia humana. El discernimiento, insistió Narbona, supone un encuentro con Dios y con el propio “yo”.
Matthew Harvey Sanders instó a “lograr que los sistemas de IA nos ayuden a generar mayor confianza, pero a la vez también fomentar que las personas evalúen los mensajes que entrega esta herramienta o que circulen las plataformas digitales con un espíritu crítico que les permita diferenciar esta verdad de lo que el mundo digital puede construir”. También, parafraseando a Demis Hassabis CEO de DeepMind, advirtió sobre el cambio acelerado que está trayendo la IA: “La robótica va a ser 10 veces más grande que la Revolución Industrial y va a ser 10 veces más rápida también”.
La ilusión de una compañía perfecta
Sanders observó que las nuevas generaciones podrían acostumbrarse a interactuar con asistentes digitales que siempre parecen comprenderles, responder con rapidez y mostrarse disponibles. El problema es que esa aparente empatía puede ocultar una realidad fundamental: la máquina no ama, no sufre con nuestras dificultades ni se alegra de nuestros logros, no habla desde la sabiduría o la experiencia. En síntesis, no comparte nuestra condición humana.
Narbona advirtió que la tecnología resulta atractiva porque parece competente y eficiente. Sin embargo, la verdadera confianza necesita benevolencia y el deseo auténtico de buscar el bien del otro. “La IA no tiene el deseo de ayudarnos, solo busca darnos una respuesta eficaz”, puntualizó.
Es responsabilidad de la Iglesia la de custodiar experiencias irremplazables: la amistad, la cercanía, la escucha y la comunidad. “Por eso es tan importante que el mensaje evangelizador, como católicos, practiquemos esta fe, esa vida moral y al mismo tiempo que seamos ejemplos de cómo esta fe le da sentido a mi vida”, indicó Sanders.
Lo que nunca podrá automatizarse
No se trata únicamente de preservar ciertos ritos. La fe cristiana se transmite mediante encuentros reales: una comunidad que acoge, una familia que educa, un consagrado o laico que acompaña cara a cara, que camina con sus fieles, un coro que entona una canción capaz de tocar las fibras más hondas y sensibles, una persona o un grupo que se involucran en acciones solidarias. “Los sacramentos, por supuesto que necesitan la presencia física, tienen una materialidad, y en esto parece que la Iglesia será profética en el futuro, y lo es ya”, indicó Narbona, quien destacó además “estos brotes entre gente joven que también están atraídos por la contemplación de lo sagrado”.
Juan Narbona evocó una frase atribuida a Antoni Gaudí: “Primero la caridad, después la técnica”. No se trata de rechazar la tecnología ni de abrazarla ingenuamente. Tampoco de competir con ella. El verdadero reto consiste en utilizarla sin olvidar aquello que la hace valiosa: estar al servicio de las personas y recordar que, como indicó Sanders, “la máquina está formada y entrenada a través de descubrimientos, pensamientos y experiencias humanas”.
La IA puede incluso guiarnos hacia textos olvidados o enseñanzas que desconocíamos. Pero sigue siendo cierto, como en la historia de Cyrano de Bergerac, que las palabras más importantes son aquellas en las que alguien ha puesto una parte de sí mismo, de su experiencia de vida, de su alma humana y de su corazón de carne.


