¡Compártelo!

León XIV: entre el centro y las periferias

La libertad de ser uno mismo. Con esta frase, el P. Antonio Spadaro SJ, director de la revista La Civiltà Cattolica, define el estilo personal del papa León XIV, a un año de su elección. Quienes lo conocemos por el vínculo común de pertenecer a la Orden de San Agustín, sabemos que la frase le hace justicia. León XIV es, ante todo, un consagrado a Dios quien, desde su vocación religiosa de hijo de San Agustín, atesora la libertad como una brújula para su vida y ministerio, sabiéndose amado por Dios y transformado por su gracia, para vivir la vida y el servicio como una expresión del amor de Dios en las coordenadas de la existencia y en el corazón de la Iglesia, cuerpo universal de Cristo.

Partamos recordando que estamos ante uno de los pocos papas misioneros en la historia de la Iglesia —tenemos a San Pedro, quien fue desde Antioquía a evangelizar Roma el siglo I, o pontífices como el Beato Pío IX o San Juan XXIII, diplomáticos de carrera—. En el caso presente, León encarna el movimiento del centro a las periferias que Francisco invitaba a la Iglesia a emprender: El joven Robert Prevost fue enviado al Perú donde realizó una fructífera labor pastoral, la formación inicial y la enseñanza, para ser elegido Prior Provincial de Chicago. En 2001 es llamado a Roma a servir como Prior General de la Orden de San Agustín durante 12 años, para regresar más adelante al Perú como obispo de Chiclayo. En esas circunstancias, el papa Francisco lo nombra Prefecto del Dicasterio para los Obispos y, luego de dos años, es elegido Supremo Pastor de la Iglesia. Este diálogo constante y armónico entre centro y periferias fueron dotando al futuro papa de una visión privilegiada del Pueblo de Dios.

Este diálogo constante y armónico entre centro y periferias fueron dotando al futuro papa de una visión privilegiada del Pueblo de Dios.

Para León XIV, la relación entre centro y periferias no constituye un conflicto entre poder y bases; antes bien, es un binomio necesario que debe estar siempre unido, porque solo se trata de dos matices de la misma realidad de la Iglesia, a tenor del principio agustiniano de la comunidad, tomado de Hch 4,32: Una sola alma y un solo corazón. En este sistema, el rol de la autoridad es ser signo y custodio de la unidad y debe sentirse feliz, continúa San Agustín, no por mandar con autoridad, sino por servir con caridad (Regla, 46). Los agustinos somos testigos de que el papa Prevost cree firmemente en este principio, según el cual actuó mientras fue Prior General: Una presencia discreta y constante, sin estridencias, que se concedía el tiempo para comprender, preguntar, informarse y, sobre todo, escuchar a todos, procurando un conocimiento acabado de la realidad de la Iglesia. En esto, León XIV sigue un principio muy importante de la espiritualidad de San Agustín: la Libertad, que, para ser auténtica, debe cultivarse en la morada interior del corazón, lugar en que el cristiano establece un diálogo verdadero con Cristo, maestro interior, poniendo ante su mirada nuestra vida en su conjunto y las decisiones que marcarán el futuro. Para esto se requiere silencio, tiempo y ausencia de coacciones internas y externas. León XIV es un hombre que, en su práctica, combina este modus vivendi en el marco de una gran capacidad de trabajo, el cual, combina con tiempos necesarios de descanso y reflexión, en solitario o con personas de confianza.

Sin embargo, la definición más bella de la persona de León XIV me la ofrecieron los niños de 4 años de nuestros colegios agustinos de Chile —en Santiago y Concepción—, en una anécdota que tuve el gusto de comentar personalmente con él hace unos meses:

– Santo Padre, ¿Ud. sabe qué dicen los niños más pequeños de los colegios de Chile cuando ven su fotografía?

– No, ¿qué dicen?

– “¡El Papa es agustino como yo!”.

Así es. Como ellos, el Papa nació y creció en el seno de una familia que vivía con naturalidad la fe en Cristo en la cotidianidad. En este entorno, el joven Robert fue enamorándose del Señor y enraizando su vida en la espiritualidad agustiniana, vivida en la comunidad de los hermanos y en la libertad interior de saberse amado por el Señor. Así Él fue preparándolo para la misión de Sumo Pontífice, constructor de puentes, que tiene como meta la unidad de todos los hermanos en Cristo. Unidad que no es uniformidad, sino que está fundada en Jesús. Cualquier diferencia será motivo de enriquecimiento mutuo para todos, jamás de conflicto. Ser pontífice es, para él, recordar este principio fundamental de la comunidad de muchos en uno solo: Cristo. Ser un servidor de Cristo y, por ende, servidor de los miembros de Cristo en su Cuerpo, que es la Iglesia.

Foto de Daniel Ibáñez | ACI Prensa

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Artículos relacionados

Contáctanos

Déjanos tus datos y luego nos pondremos en contacto contigo para resolver tus dudas.

Publica aquí

Te invitamos a ser un generador de contenido de nuestra revista. Si tienes un tema en que dialoguen la fe y la razón-cultura, ¡déjanos tus datos y nos pondremos en contacto!

Suscríbete

Si quieres recibir un mail periódico con los contenidos y novedades de la Revista déjanos tus datos.