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Los límites del «homo technologicus»

Quo vadis, humanitas? (¿Adónde vas, humanidad?) es un documento elaborado por la Comisión Teológica Internacional (CTI), publicado el 9 de febrero de 2026, en el que se estudia la antropología cristiana ante los desafíos culturales contemporáneos. El documento se inspira en la conmemoración del 60° aniversario de la Constitución pastoral Gaudium et spes (1965-2025) del Concilio Vaticano II. Siguiendo las huellas de esta Constitución, la CTI propone un discernimiento a la luz del Evangelio y de la enseñanza del magisterio sobre la condición de la humanidad en el mundo de hoy, especialmente ante la aceleración del desarrollo tecnológico y los avances de la ciencia; es decir, el llamado progreso tecnocientífico. Se divide en cuatro capítulos y cada uno está guiado por una categoría fundamental: desarrollo, vocación integral, identidad humana y condición dramática.

El documento es extenso y muy rico en la propuesta de sus múltiples reflexiones, análisis y orientaciones, así que no es nuestro propósito ofrecer un resumen exhaustivo. Solo se trata de resaltar algunas ideas que nos parecen importantes para tener un marco general de lectura y comprensión.

La cuestión central es la condición humana y su futuro. Aunque se plantea la pregunta sobre el destino de la humanidad en un contexto de portentosos avances en el ámbito de la tecnociencia, el análisis de la CTI siempre tiene en cuenta la pregunta clásica acerca de qué es el hombre. No podemos discernir hacia dónde se dirige la humanidad si antes no sabemos quiénes somos. Estas dos dimensiones son inseparables. En este sentido, según la CTI, “hoy se comprende que estamos implicados en una exploración nueva del misterio del ser humano en cuanto tal, en su identidad”. La pregunta sobre el futuro de la humanidad plantea una profunda tensión respecto a la identidad humana. Esto se manifiesta especialmente frente al desafío de dos corrientes contemporáneas que son el transhumanismo y el posthumanismo. Mientras la primera se basa en los recursos de la ciencia y la tecnología para superar los límites físicos y biológicos de la condición humana, la segunda niega una naturaleza humana universalmente válida enfatizando lo híbrido que vuelve totalmente fluida la frontera entre lo humano y la máquina.

No podemos discernir hacia dónde se dirige la humanidad si antes no sabemos quiénes somos. Estas dos dimensiones son inseparables.

En este contexto, la categoría de desarrollo implica una comprensión antropológica y ética que contribuye a juzgar si los ideales del transhumanismo y del posthumanismo representan un progreso o un retroceso para la condición humana. Las ideas de autocreación, libertad incondicionada y autonomía absoluta promovidas por el paradigma tecnocientífico sugieren una orientación contraria al desarrollo humano integral que el magisterio de la Iglesia ha enseñado desde el Concilio Vaticano II y las intervenciones pontificias contemporáneas (de Pablo VI a León XIV). Pero, especialmente, trastocan el significado profundo de las relaciones con el entorno natural, con los demás, con uno mismo y con Dios. La antropología cristiana (integral, relacional, situada y trascendente) corre el peligro de quedar disuelta en un antropocentrismo fluido. Aún más, se pierde de vista la vocación según el designio de Dios. De ahí que se trate de una forma de “neognosticismo”, según la expresión del Papa Francisco.

La vocación es una segunda categoría que se realiza a través de dos dimensiones constitutivas de la experiencia humana: la dimensión histórico-espacial y la dimensión intersubjetiva. Ambas dimensiones han sido afectadas por el desarrollo tecnológico. Respecto a la primera, por un lado, la cultura digital, la organización de la información en la red, el almacenamiento y conexión de datos, a pesar de sus beneficios, ha debilitado el sentido integral de la experiencia histórica y la “cultura anamnésica”; es decir, de la memoria del ser humano en su devenir temporal: pasado, presente y futuro. Un devenir habitado también por la acción y la gracia de Dios. Por otro lado, vivimos en la Urban Age como un hito nuevo en la historia humana. Más de la mitad de la población mundial habita en ciudades. El espacio urbano se reconfigura en las megalópolis. Esta nueva experiencia del espacio dificulta el descubrimiento y el encuentro con el otro, ya sea por el anonimato o por las reacciones identitarias. Por los “no-lugares” o por el “espacio propio”. Se pierde así el “espacio hospitalario” que es inclusivo del yo y el otro. En esta primera dimensión histórico-espacial se instala la intersubjetividad, la cual resalta el sentido de pertenencia a la familia, a un pueblo y a la tradición en las que se inicia y se plasma la identidad personal y social. Esta alcanza hasta la comunidad global de una humanidad compartida, la “familia humana”. Aquí resalta una verdad antropológica fundamental: la vida humana como vocación. Frente a la “cultura de la no-vocación” del transhumanismo y del posthumanismo, la CTI propone una “cultura de la vocación integral” que está arraigada en la llamada originaria de Dios.

En este contexto surge la tercera categoría de la identidad personal. La auténtica vocación consiste en realizar la identidad personal como don y tarea. El don originario es la propia dignidad de haber sido creados a imagen y semejanza de Dios, se trata de la “identidad filial”. La realización de esta identidad donada es compleja en sus variadas dimensiones existenciales: la identidad biológica natural y la identidad corporal-espiritual. Esta identidad, con su consistencia y unidad ontológica, se confía a la libertad, la cual se debe custodiar y construir a través de elecciones libres y conscientes. Junto con el don, la identidad también es una tarea. Los sueños e ilusiones del transhumanismo y del posthumanismo suponen un intento por huir de estas determinaciones de la propia identidad con razonamientos en los que resuena cierta “cultura del descarte”. Frente a sus aspiraciones se confronta la opción de una auténtica “ecología humana”. Esta ecología supone una doble apertura, primero, a la alteridad de una identidad que es donativa (don para los demás) e inclusiva, y segundo, a la trascendencia de un horizonte infinito como don de Dios.

En este horizonte la verdadera humanización no se logra por la autodeificación anidada en el pecado original, sino en el don de la divinización como humanización verdadera.

Finalmente, y en continuidad con las ideas anteriores, surge la cuarta categoría sobre la condición dramática del ser humano. El dramatismo radica en “el carácter libre del proceso de realización de sí mismo, a través de las circunstancias históricas concretas (…), y nunca concluido definitivamente en la historia, hasta la escatología”. Este dinamismo conlleva ciertas tensiones u oposiciones polares de la condición creatural: (a) material y espiritual, (b) varón y mujer, (c) individuo y comunidad, y (d) finito e infinito. Estas polaridades son constitutivas de la experiencia humana común, son la forma de lo viviente concreto en cada ser humano y en la comunidad, son unidad de dos y existe entre ellas una “progresión circular”. En cada una de ellas “permanece intacto el don originario que precede y da fundamento” al misterio de la condición humana a la luz del Verbo encarnado. Sin embargo, su dinamismo está sometido a la libertad de los hijos de Dios en una tensión constante entre el pecado y la redención. En este horizonte la verdadera humanización no se logra por la autodeificación (acto de tratarse a uno mismo como un dios, elevando el propio «yo» a un estado de divinidad, autoridad suprema o infalibilidad) anidada en el pecado original, sino en el don de la divinización como humanización verdadera. Este proyecto salvífico se enfrenta en la actualidad al afán del transhumanismo y del posthumanismo que pretenden llevar a cabo el sueño de potenciar ilimitadamente lo humano (un “salto evolutivo” que supere la condición humana actual) o de sustituirlo. No obstante, dado los límites inherentes del homo technologicus, habría que preguntarse si ese sueño no desembocará más bien en una “condición deshumana”, olvidando que en Cristo se revela el misterio de la condición humana y su auténtica dignidad infinita.

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