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Maestro de maestros: Fidel Sepúlveda

Fidel Sepúlveda Académico UC (1936–2006)

Los Versos que Recuerdan a Fidel
Por Jaime Blume, Instituto de Estética UC

Hablar de Fidel Sepúlveda (poeta, investigador, profesor de castellano y doctor en Filología Hispánica) es hablar de su poesía. Y hablar de su poesía es hablar del campo, de su gente y de su modo de ver el mundo. La tierra, los pueblos adoquinados, el vino «que hace cantar las venas», los caminos agrietados, el «pasto de amanecida», el «cielo», y sobre todo las casas, con andamios y adobes, y el abuelo; son estas otras tantas maneras de construir un mundo habitable, frente a otro, «hostil como un tiburón que bate sus inastillados dientes…». Es aquí donde un nuevo género de marginalidad hace su aparición, no sabiéndose a ciencia cierta si es una cultura desraizada la que margina a la poesía de Fidel Sepúlveda o es el poeta el que, apoyado en raíces culturales de noble prosapia ancestral, hace lo propio con la cultura dominante: «Porque ando por otros caminos / que los que la gente anda / porque se me caen las hojas / y no las piso, / porque se me estría la cara / y no es por vejentud / porque se me ocurren pasos otros / que los que trajina ella, / porque se me zangolotea el horizonte / y no oscila el oscilógrafo, / porque soy así, / la gente cree lo que la gente cree. / Y es que yo soy así / y no le conozco otra manera al ser, / cartografío itinerarios de luciérnagas / en los ojos de mi hijo, / hace tiempo que le perdí la hebra al sastre / y voy contando adoquines voy / para tener algo que contar / cuando llegue a donde voy».

La vida duele, entonces. Hay en ellas «dentelladas destellantes» y «relucientes fauces»; «días que no se ven», «lados izquierdos medio muertos» y «corazones sobresaltados». Quevedo hablaría de «un soñado bien y mal presente». Porque de eso se trata. El mundo pareciera ser tonel demasiado agrio para el vino generoso que es Fidel. De ahí a la fuga y al refugio hay un solo paso. Y ese paso piel adentro nos lleva, de plano y por el camino más corto, a la mujer, a los hijos y a Dios: «Soledad es tu madre, solitario es tu padre. / La soledad de Dios te espera en el andén. / La soledad de Dios te espera aún Edén».

Es en torno a la familia de acá y la de allá donde los versos estiran su capacidad expresiva y, rozando la herejía, alcanzan alumbramientos casi místicos: «Oh, Señor, el que me has abandonado / en donde y cuando más necesitaba / y la vida pendía desde un hilo. / ¿Cómo podré olvidar lo que me has dado…?». El abandono del padre pasa a ser el pecado del hijo, pecado injusto, misterioso y omnipresente, que se paga viviendo la vida de perros que vivimos: «¿Qué pecado me ocultas, Señor mío, / por el que pago un pago sin medida / que consume la llama empavorecida / que arde y clama una gota de rocío?». Pese a todo y contra toda esperanza, el poeta apuesta a una fe más terca que la muerte, una   fe fabricada con las astillas de las derrotas cotidianas, y que recorre, con estremecimiento pascual, al poeta y a su poesía: «Aquí estamos, Señor, que señoreas / en tus reinos ahítos de  infinito, / aquí estamos cumpliendo el requisito / de estar presentes para que nos veas».

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