Presentamos la homilía del padre Javier Concha, capellán de Campus Oriente, en la misa del funeral de Penelope Knuth, quien fue profesora del Imuc por casi 20 años y quien falleció en un accidente el pasado sábado 10 de octubre en Valparaíso. También incluimos las palabras de Antony y Georgina, hijos de la Penélope.
Cada vez que en el campus oriente celebrábamos la Eucaristía y Penélope participaba, me hacía una pregunta: «Padre, ¿será breve?» «Sí, Penélope, seré breve», le respondía. Después iba a la parroquia y me decía: «Aquí no es tan breve». No, no soy tan breve, es diferente. Para esta misa quise tomar el evangelio del domingo pasado (Mt 22, 1-14) en las vísperas donde Penélope partió al encuentro con Dios.
Yo tuve varias conversaciones con Penélope en las cuales ella expresaba un deseo siempre de superarse. Y no estoy hablando en una perspectiva meramente profesional. Siempre se preguntaba: ¿Cómo puedo ser mejor delante de Dios? Y el rey y el evangelio que se proclamó el domingo y ese sábado en la noche en que ella partió, se hablaba de un rey que quería celebrar las bodas de su hijo, refiriéndose a Dios que quería celebrar las bodas de Jesucristo, las bodas la humanidad. Y para esto, este Dios prepara un banquete, una fiesta. Una fiesta a la cual hay muchos invitados. La primera parte del evangelio dice que no todos quisieron ser parte de esta fiesta. Que no todos querían ser parte de esta alegría. Que había muchos que se justificaban y se marginaban. Cuando supe de la muerte de Penélope pensé: «Esta mujer nunca se marginó». Siempre quiso ser parte de esta alegría y de este gozo. Tanto en la vida de su familia. Recuerdo cuando me dijo: «Padre, voy a ser abuela». Se sentía orgullosa de sus hijos, de la universidad, de nuestra sociedad, del arte. Era una mujer que le gustaba ser parte de este de este gozo al cual había sido invitada. Era una mujer que también colaboraba para que otros fueran parte de «la fiesta». En el evangelio dice que el rey pide que salgan por los caminos e inviten, inviten… Hagan a otros que están marginados de esta alegría hacerse parte de este gozo.
Otro recuerdo que tengo de Penélope era cuando hablaba de sus estudiantes, de invitar, de incluir, de cuando había un estudiante que pasaba por alguna situación compleja, eso repercutía en su corazón. Y se preguntaba: ¿Cómo puedo hacer para que se sienta parte de una alegría mayor? No quería que el dolor y que el sufrimiento tocaran sus corazones, sino que quería darles perspectivas de un gozo más grande. Y eso era muy bello. De ver esta delegada académica en el grupo Pastoral con esa preocupación constante de cómo poder hacer que en esta fiesta participasen todos.
Al final del evangelio se dice que había una persona que estaba participando de la fiesta, pero que no tenía el traje adecuado. ¿Y cuál es el traje adecuado que nos hace participar del gozo de los hijos de Dios? Es el traje de la caridad y del amor. Quien no ama, no puede ser parte de la fiesta. Quien no actúa con misericordia no puede ser parte de este gozo. Es bien claro Jesucristo en el evangelio.
Nadie se esperaba que Penélope, este sábado en la noche, fuera invitada a participar de esta fiesta eterna, de este gozo de los hijos de Dios. Un gozo que no pasará, un gozo eterno. Gozo del cual ella se preocupó que otros también participasen. La pregunta era si tenía el traje adecuado. ¿Cuál era el traje? La misericordia.
Yo a Penélope siempre la veá vestida de negro. Y no era de luto, era como un modo de que su persona se apagaba para que brillara otra cosa. La vida de Penélope brillaba y muchos de nosotros somos testigos de eso. Podía pasar desapercibida caminando por los pasillos de nuestro campus, en la interpretación donde era una más, pero su música la hacía brillar. Hoy cantará y tocará para Dios y para nosotros desde la eternidad haciéndonos partícipes de ese gozo que no pasará. Y esa vestidura de la misericordia y del amor que ella revistió durante toda su vida, hoy día resplandecerá con una alegría sin fin.
Penélope, solamente basta agradecer, no solo tu música, sino tu persona, una persona que acepta la fiesta, acepta el gozo y acepta invitar e incluir a otros también. Hoy queremos agradecer tu vida que canta, baila y goza ahora delante de Dios por toda la eternidad. Y te pedimos que desde la allí puedas interceder por nosotros, para que ese canto siga creciendo en amor, para que la fiesta siga brillando, para que el reino de los cielos se siga expandiendo y todos se sientan convidados.



Palabras de su hijo Antony Rossi Knuth
Penélope fue muchas cosas para muchas personas. Penélope era Estadounidense. Nació en ese país en 1954, y ahí recibió su primera formación musical. Estudiaría primero en la universidad de Indiana y luego en Juilliard. Habiendo completado su magíster, se mudó a Sudamérica sin hablar una palabra de Español. Pasaría el resto de su vida transmitiendo aquello que había aprendido en Estados Unidos. No volvería a vivir en Estados Unidos.
Penélope fue profesora. Trabajó incansablemente para formar decenas de intérpretes en viola durante sus doce años en Venezuela, y sus más de tres décadas en Chile. Su paso incluyo el Colegio Friedman en Caracas, más recientemente la universidad Mayor, y para qué decir el instituto de música de la Universidad Católica, su segundo hogar por muchos años.
Penélope fue una artista. Su interpretación no dejaba a nadie indiferente, a quien tuviera el privilegio de presenciar sus talentos.
Penélope era Chilena. Aunque obtuvo la nacionalidad más de dos décadas después de haberse instalado en Chile, este era y fue su país, también. Con la Orquesta de Cámara de Chile, su segunda familia, recorrió lo largo del país, llevando la música con sus colegas a localidades de las cuales se habla poco en Santiago.
Penélope era mi madre. Siempre quiso lo mejor para mí. Siempre me apoyó en mis proyectos aunque no siempre los entendiera del todo y fueran algo distintos a los suyos.
Penélope fue muchas cosas para muchas personas.
Tuve el privilegio de compartir con ella una última vez en una visita que ella me rindió en Nueva York, su ciudad natal, ciudad a la cual yo me había mudado hace tan solo unos meses. La extrañé cuando la vi partir en un taxi amarillo. La extrañaré por siempre.

Palabras de su hija Georgina Rossi Knuth
Mi madre era de Long Insland. Me entrego a su paisano, Walt Whitman, nuestro Virgilio neoyorquino para recordarla hoy en su traducción de Jorge Luis Borges.
Cuando oí al docto astrónomo.
Cuando me presentaron en columnas las pruebas, los guarismos, cuando me señalaron los mapas y los diagramas, para medir, para dividir y sumar.
Cuando desde mi asiento oí al docto astrónomo que disertaba con mucho aplauso en la cátedra,
Qué pronto me sentí inexplicablemente aturdido y hastiado hasta que escurriéndome afuera me alejé solo.
En el húmedo místico aire de la noche, y de tiempo en tiempo, miré en silencio perfecto las estrellas



