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Un viaje para cargar baterías

César Cortés Dellepiane, fotógrafo de la UC | cesarcortes@uc.cl 

Cuando me avisaron que iba a Roma fue un regalo inesperado, en todo sentido. Profesionalmente era una oportunidad única: fotografiar un momento muy especial para la Iglesia. El papa Francisco había muerto hacía poco y, en medio de todo, tuve que avisarle a mi señora y mi hija que me iba por 12 días, lo que significaba dejar la rutina familiar de un día para otro. Lo comparo con lo que vivimos cuando vino el Papa a Chile: la intensidad, el trabajo y la emoción de estar en medio de algo histórico. 

Llevo más de 20 años trabajando en la UC y siempre he estado cerca de la vida pastoral. He fotografiado misas, encuentros, actividades; mi hija está en un colegio católico y en mi familia todos nos reconocemos creyentes, pero lo vivimos más bien de manera personal. Por eso esta peregrinación fue distinta. Ha sido una de las experiencias más importantes de mi vida laboral. 

El viaje también me permitió conocer a personas con las que me había cruzado durante años en los pasillos. Con Sergio Silva, el sacristán de Casa Central, compartimos pieza y caminatas por toda Roma. Conversamos de su familia, de su historia, de sus hijos y nietos. Después de eso ya no es solo alguien que veo en el trabajo: es un hermano en la fe. Con Carlos Montes, administrador del edificio Luksic, también nos hicimos muy cercanos. Él ya conocía Roma y me ayudó mucho: me decía dónde ir, qué lugares valía la pena fotografiar, qué historia había detrás de cada sitio. 

Llegar a Roma fue impactante. El Vaticano estaba a 10 minutos caminando desde el hotel, así que muchas noches salí con mi cámara. Durante las misas y peregrinaciones tomaba fotos sin parar. Desde la Vicerrectoría de Comunicaciones en Chile me pedían material para redes sociales y los peregrinos me pasaban sus celulares para que los fotografiara. Sentía que no podía fallar. Hacía mucho calor, la polera roja del peregrino era de un algodón muy grueso y muchas veces me acostaba cerca de las cuatro de la mañana para levantarme a las seis. 

En algunas misas no se permitían fotos, pero logré sacar algunas discretamente. Y en las catacumbas —donde está el origen del cristianismo— tomé fotos desde un solo ángulo, el único que no se veía en la cámara de seguridad. Al terminar, todos nos tomamos de las manos. Fue un momento muy potente. 

Las baterías de las cámaras se volvieron casi una obsesión. Tenía seis y no siempre encontraba enchufes para cargarlas. Varias noches ponía el despertador cada hora para ir cambiándolas y asegurarme de que todas estuvieran listas para el día siguiente. Fue agotador, pero también me hizo pensar que, de alguna manera, yo mismo me recargaba para poder seguir. 

Volví distinto. En medio del cansancio, de la presión y del trabajo, este viaje fue un regalo de Dios para recargar las baterías espirituales. No soy una persona que lo demuestre mucho, pero en Roma entendí que la fe a veces se vive en silencio, pero profundamente. Y esa carga —a diferencia de las cámaras— dura mucho más que un día.Delegación UC en Roma

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