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Una tradición que custodia la novedad.

La recta profesión de la fe cristiana es aquella que custodia la novedad que Jesús ha revelado sobre Dios, su Padre, y sobre los seres humanos. El lenguaje convencional presenta la tradición como un obstáculo para la novedad. Sin embargo, cuando se comprende bien, ella se muestra como un factor de libertad al servicio de la novedad cristiana. Al celebrarse 1.700 años del Concilio de Nicea, el primer concilio universal, el papa León XIV visitó la ciudad de Iznik, en Turquía, donde, en el año 325, se reunieron cerca de 300 obispos para discutir los temas teológicos y disciplinares que dividían a las Iglesias. Su resultado más conocido fue la redacción del Credo que, reelaborado en Constantinopla (381), se sigue rezando en muchas Iglesias. Los líderes de muchas confesiones cristianas conmemoraron este aniversario como un factor de unidad. 

En su discurso en la Catedral de Estambul, el 28 de noviembre de 2025, el papa abordó el desafío que implica la fidelidad a la tradición: “En un contexto cultural complejo, el Credo de Nicea expresó la esencia de la fe mediante las categorías filosóficas y culturales de su tiempo. Sin embargo, apenas unas décadas más tarde, en el Concilio de Constantinopla I, vemos que el Credo fue profundizado y ampliado. Gracias a este desarrollo, surgió una nueva fórmula de fe, el Credo niceno-constantinopolitano». El Papa afirma que este proceso ofrece una lección: “La fe cristiana debe expresarse siempre en los lenguajes y en las categorías de la cultura en la que vivimos, tal como lo hicieron los Padres en Nicea y en los demás Concilios”.  

 

Por consiguiente, la fidelidad al Credo no consiste en repetirlo, sino en buscar las expresiones adecuadas para que la fe, profesada en Nicea, siga siendo significativa hoy. De hecho, según las palabras de San Atanasio, quien participó en Nicea como diácono, dado que los obispos no encontraban una expresión bíblica que fuera capaz de formular la fe de la Iglesia, “se vieron forzados” a compendiar el significado de las Escrituras con el término “consustancial”, una palabra que no está en la Biblia. Los obispos comprendieron que las nuevas condiciones culturales exigían un nuevo lenguaje para expresar el mismo significado de las Escrituras. Es decir, el Credo de Nicea buscó expresar la íntima relación de Jesús con Dios, su Padre, que es narrada por los evangelios. Las palabras pueden aproximarse al misterio de Dios, pero nunca lo pueden expresar de manera definitiva. Por ello, las maneras de expresar el contenido de la fe deben adecuarse a los nuevos contextos.  

Se requeriría otra columna para tratar el contenido del Concilio. En todo caso, como escribe el papa León en In unitate fidei: “Se trataba del centro de la fe cristiana, es decir, de la respuesta a la pregunta decisiva que Jesús había planteado a los discípulos en Cesarea de Filipo: ‘Y ustedes, ¿quién dicen que soy?’ (Mt 16,15)”. Volver la mirada a lo esencial de nuestra fe tiene una dimensión ecuménica, porque señala el punto de referencia de todas las confesiones cristianas. Y, a la vez, es un llamado a reconocer que nuestra vida cobra sentido a la luz de la eterna paternidad de Dios y a la eterna filiación de su Hijo, nuestro hermano.  

 

 

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