Reportaje basado en la investigación de:
Eugenio Bobenrieth, profesor de la Facultad de Agronomía e Ingeniería Forestal de la UC
ebobenrieth@uc.cl

Rodrigo Figueroa, decano de la Facultad de Agronomía e Ingeniería Forestal de la UC
rfe@uc.cl

Catalina Ortúzar, profesora del Instituto de Sociología de la UC
cortuzar@uc.cl

María Angélica Fellenberg, profesora de la Facultad de Agronomía e Ingeniería Forestal de la UC
mafellen@uc.cl

Revista

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Una sociedad que encarcela la pobreza

Además de privar de libertad, el sistema penitenciario chileno obstaculiza la superación de las personas y merma su dignidad debido a los problemas de hacinamiento, violencia y bajo acceso a programas de rehabilitación. En el encuentro con el papa Francisco en el Centro Penitenciario Femenino (CPF) de San Joaquín, en enero pasado, la capellana Nelly León le dio la bienvenida lamentando que “en Chile se encarcela la pobreza”. Esto refleja una visión no sólo de la reclusión, sino sobre la forma en que el país acoge esta realidad.

Según datos del Instituto Nacional de Derechos Humanos1, una parte importante de los recintos carcelarios en Chile tiene niveles críticos de sobrepoblación y carencia de agua, electricidad y servicios sanitarios. El caso de las mujeres es más dramático: muchas tienen hijos que, dependiendo de la edad, viven internos con sus madres o bien deben contentarse con verlas de forma esporádica en los días de visita. Todo esto aumenta las dificultades para la (re)inserción social y laboral una vez saldada la deuda con la sociedad. Esto es un claro reflejo de cómo nuestra sociedad olvida que los reclusos son personas y que no pierden su dignidad por estar en la cárcel.

Nancy (36) estuvo cinco años en el Centro Penitenciario Femenino (CPF) de San Joaquín, por cuasidelito de homicidio. Perdió a sus cuatro hijos: uno murió en un accidente (por el cual fue condenada), el mayor está en el Servicio Nacional de Menores (SENAME), la única mujer fue dada en adopción y otro está con su padre.

A nivel internacional, los estudios muestran que las mujeres no sólo tienen menores tasas de prevalencia delictual durante su vida, sino que, además, entre quienes delinquen, tienden a cometer menos cantidad, a involucrarse en delitos menos serios y violentos, y a tener carreras delictuales menos extensas2.

Según la Organización de Naciones Unidas, no debe añadirse a la privación de libertad mayor sufrimiento del que esta representa y recomienda establecer programas apropiados para embarazadas, madres lactantes y reclusas con hijos3. Sin embargo, la percepción de quienes viven en esta situación dista del planteado para proteger los derechos humanos de los reclusos, sobre todo de las mujeres: “Adentro la pasé mal. Me pegaron, me maltrataron y me pusieron ‘la mataguaga’, estuve aislada cinco meses para protegerme de las demás internas. No me ayudaron a insertarme porque no soy delincuente. Trabajaba en la calle y lo que pasó conmigo fue un accidente, se quemó mi casa y falleció mi hijo. La sociedad me culpó y no era para que la justicia me condenara”, relata Nancy, explicando que todos los delitos que tienen que ver con los niños son duramente castigados dentro del CPF.

Respecto a la reinserción mediante el trabajo, según la Subdirección Técnica de Gendarmería de Chile, durante 2010 sólo un 40% de la población penal participó en actividades laborales. Sumado a ello, el pago que reciben por los trabajos que efectúan es escaso, junto a las pocas posibilidades de insertarse en el mercado laboral y de continuar con sus estudios tanto en la cárcel como al recuperar su libertad.

Nancy trabajaba “en los pelos”: hacía unas carpetas con mechones de pelo para ver los diferentes tonos de tintura. “Tenía que cortar el pelo y meterlo en la carpeta según el número, y los pegábamos con silicona. Con más de 500 carpetas ganaba $20.000”. También cargó ventanas de aluminio, hacía los marcos, las sellaba con huinchas. Por cada 100, ganaba 150 mil pesos. “Después me cambiaron a una pega con sueldo fijo, pero sin contrato”.

¿Por qué no “hacen conducta”?

Hoy existen en Chile cinco centros penitenciarios femeninos, que albergan a poco menos de la mitad de la población femenina, mientras el resto reside en 34 penales generales, con secciones adaptadas para esta población4. EL CPF de San Joaquín está dividido en 12 patios donde viven las reclusas. “El COD (Centro de Orientación y Diagnóstico) es el más brígido y [las internas] no están ni ahí con nada, ‘no hacen conducta’. Están lo que dure la condena. Ahí mataron a una cabra a puñaladas y cuentan los rumores —porque a algunas las cambian de patio— que la mataron de espalda y se equivocaron.Ella iba por una condena de 61 días”, revela Nancy, recordando cuando vivía en el Centro. Como ella explica, quienes quieren cambiar su estilo de vida dentro del Centro para ver a su familia, acceder a salidas dominicales, a un trabajo; deben ‘hacer conducta’. Esto consiste en ir al colegio, hacer el aseo del sector donde viven, cumplir con responsabilidades y trabajar.

Coro del Centro Penitenciario Femenino.

Nancy siempre tuvo buena conducta dentro del Centro, por eso le regalaron tres meses, “pero fue una burla para mí, porque al final salí como 2 semanas antes. Me dijeron que tenía que tener paciencia, porque venían las fiestas, Navidad, celebraciones. Me dijeron que me tenía que quedar callada, porque me tenían mucha envidia por mis condiciones, porque me iban a visitar. ‘¿Cosechaste en la calle?’, en la calle sembré bien, hice bien las cosas, lo mío fue un accidente”. Ahora, lleva casi tres años libre y no ha podido encontrar trabajo porque tiene antecedentes penales.

En relación con el involucramiento delictual, la gran mayoría de las mujeres en Chile cumple, actualmente, condena por delitos contra la propiedad5, seguidos por delitos vinculados a la ley de drogas, es decir, hurto y microtráfico, respectivamente (gráfico 1). La socióloga Pilar Larroulet, especialista en crimen y reinserción social, explica que estas últimas tienen condenas cortas de entre 30 y 60 días. En sus revisiones al sistema estadounidense, la socióloga hace una comparación con el sistema chileno: “[El sistema estadounidense] hace una distinción entre quien cumple condena por menos de un año y quien está más de un año. Eso tiene pros y contras, como cualquier sistema, pero para mí, tiene un beneficio que es visibilizar a esa otra población”. En Chile, las gendarmes se enfocan principalmente en que “hagan conducta” quienes van a estar entre 3 y 5 años, para que no se conviertan en un problema durante ese período.

Quienes están menos de tres meses forman parte de una población invisible que nadie interviene: no acceden al colegio, actividades, talleres ni psiquiatras. Sin embargo, tienen un perfil mucho más involucrado con el mundo delictual y de la calle. “Son mujeres que entran y salen del sistema. No estuvieron más de un año, pero han estado la mayor parte de su historia adulta dentro de la cárcel”, así caracteriza Larroulet a las reclusas más reincidentes y, paradójicamente, por las que menos nos preocupamos. Por ello son tan valiosas todas las intervenciones que se hagan en ese lugar.

Una mujer presa es una familia presa

«Los hijos de estas mujeres quedan bajo la tutoría de la abuela, una vecina, una tía, y esa lejanía de la madre es un factor relevante de vulnerabilidad»

En Chile, el 11% de los privados de libertad son mujeres6. Magdalena del Río, directora y representante legal de Fundación Mujer Levántate (que trabaja por la reinserción de las mujeres que se encuentran próximas a su salida en la etapa penitenciaria, para que no vuelvan a la cárcel nunca más, y en apoyo y acompañamiento en la etapa post penitenciaria7), reconoce que cuando hay una mujer presa, la implicancia para la sociedad es mucho más alta porque, en la mayoría de los casos, los niños dependen de ellas, por eso dicen que “una mujer presa es una familia presa”. Del Río explica que los hijos de estas mujeres quedan bajo la tutoría de la abuela, una vecina, una tía, y esa lejanía de la madre es un factor relevante de vulnerabilidad. “Aunque es muy feo estigmatizar, la empírica lo indica”, precisa Magdalena. Al contrario, cuando es el hombre quien debe ir a la cárcel, es su pareja y madre de los niños la que sigue manteniendo a la familia y siendo su sostén afectivo. Magdalena expone la principal motivación de las mujeres para salir de la cárcel: “Cuando conversas con ellas, te dicen ‘mis hijos están solos y me necesitan’”.

En el CPF hay un porcentaje importante de mujeres condenadas por microtráfico. “No son el Chapo”, aclara del Río, “son mujeres normales, corrientes, que están en una urgencia horrorosa de dinero y que les ofrecen 100 mil pesos con los que pueden comprarles remedios a los hijos y alimentarlos. No hay que demonizar el microtráfico. Jamás justificado, pero es comprensible. Que esas mujeres estén en la cárcel no tiene ningún sentido, porque ni van a dejar de hacerlo frente a otra necesidad urgente, ni es un gran delito. Tiene que ver con otras vulnerabilidades sociales. Que las mujeres estén en la cárcel es un drama por lo de los hijos y porque sólo aprenden más delitos. Es por eso que en la fundación trabajamos para que cada una se prepare para la vida afuera, pueda insertarse y ser una ciudadana más que aporta a la sociedad, lo que le devuelve su dignidad”.

En Mujer Levántate participan 70 mujeres por año —desde sus inicios, han ayudado a 400, aproximadamente—, y de quienes egresan de los distintos programas, en 24 meses sólo reincide el 6%.

Una sociedad que quita dignidad

Dice Pilar Larroulet que hay un desafío desde la sociedad de abrir los ojos y visibilizar las historias de vida de quienes están privados de libertad, para quebrar la distinción entre los buenos y los malos, los que rompen y no la ley. Ellas están presas porque infringieron una ley determinada, pero eso se genera en un contexto social específico que muchas veces desconocemos. Larroulet conversa con sus alumnos poniendo el caso de la descarga de música pirata: “Lo que pasa es que tu contexto social define, en gran parte, tus alternativas en la vida desde muy pequeño. Desde las probabilidades de que te detengan los Carabineros a que te vayas a la cárcel y de reinserción posterior”, y les enseña a sus hijos que no existen buenas y malas personas, sino buenos y malos actos que hacen todas las personas.

Por su parte, Magdalena del Río, quien lleva 10 años trabajando en distintas organizaciones, cuenta que al principio la cuestionaban: “‘¿Cómo puedes trabajar por ellas si son delincuentes? ¡Que se sequen en la cárcel!’. Una oía mucho más eso. Hoy, no tengo estudios, pero lo que me indica la tendencia, por lo menos lo que me toca en el entorno, es que se comprende que están en eso, pero nadie quiere estar en eso y ahora es ‘¿cómo hacemos para ayudar?’, sin liberarlas de su culpa ni justificarlas, pero ¿cómo se hace para que salgan? Hay un pequeño giro”.

No quedarse de brazos cruzados

Al tanto de esta situación y acogiendo la invitación del papa Francisco a practicar la caridad con quienes sufren y están excluidos de la sociedad, profesores, alumnos y funcionarios de la universidad, liderados por el decano de la Facultad de Agronomía e Ingeniería Forestal, Rodrigo Figueroa, junto con académicos del Instituto de Sociología, plantearon una intervención8 en el CPF de San Joaquín, con el objetivo de evaluar el efecto en la conducta, bienestar y calidad de vida de las internas, asociado al programa de cultivo de plantas medicinales y aromáticas. Junto con ello, la finalidad tácita fue entregar a las internas capacitación y herramientas agronómicas que les permitieran iniciar un pequeño negocio o insertarse de mejor manera en la vida laboral una vez completada su condena.

“Mi aporte no fue más que un granito de arena. Mi interés en participar del proyecto es simple: a mí me interpela el llamado de Cristo Jesús a hacernos cargo de los pobres y vulnerables. Y si pensamos que la UC es una universidad encumbrada de muy alto ranking a nivel internacional y que el campus San Joaquín de la UC está casi cruzando la calle del CPF, entonces es inevitable concluir que la UC está llamada a colaborar con Cristo en lo concreto de esa realidad de vulnerabilidad y pobreza”, dice Eugenio Bobenrieth, profesor de Agronomía que participó en el proyecto.

El taller “Uso de la terapia con horticultura en recintos penitenciarios”, se llevó a cabo entre mayo y diciembre de 2017. “A pesar de que las asistentes mejoraron su conducta en actividades y talleres posteriores, específicamente en el de horticultura, no fue nada fácil, porque trabajar con las internas es un mundo muy distinto del que uno conoce”, detalla el decano de Agronomía de la UC.

Hermana Nelly recibiendo reconocimiento de Gendarmería a su trayectoria de manos del subdirector técnico Sr. Alejandro Arévalo.

Los estudiantes de la facultad impartieron talleres a algunas de las internas. El decano detalla que no podía ser cualquiera de ellas, sino “las que nos estaban ofreciendo, de alguna manera, con ayuda de la hermana Nelly, para capacitarlas y mostrarles distintas especies [de plantas] de uso aromático y medicinal”. Durante varias semanas, trabajaron con varias especies y les enseñaron cómo se ocupaban y para qué, tratando de hacerlo lo más lúdico y pedagógico posible. “Es todo un desafío, porque no puedes entrar computadores, proyectores o teléfonos. Esto nos llevó a utilizar metodologías totalmente distintas a las que usamos en la universidad: lápiz y papel o plumón, para poder trabajar con ellas, y plantas”, relata Figueroa.

También notaron que dentro del Centro las internas ponían en práctica lo que aprendían y tenían plantitas de lavanda y menta en otros sectores. Y para que pudieran usarlo como una herramienta y emprender cuando salieran, les enseñaron a hacer infusiones y bálsamos labiales.

Midieron el nivel de participación y bienestar antes, durante y después de la intervención. “Cuando hacemos esto, es con material muy estandarizado. Aquí tuvimos que aprender con personas que, además, entraban y salían. Es una fotografía sin resultados robustos, probablemente, porque tenemos muestras muy desordenadas. Nos habría encantado que partieran 30 personas y haber terminado con esas mismas 30; sin embargo, partimos con 30 y, de ellas, se mantuvieron 8. Nos costó mucho entrar, que nos dieran permiso, porque no es llegar y entrar. Aprendimos cómo uno empieza a relacionarse con el CPF. Hay algunos resultados que son interesantes. A la mayoría le gustó”, concluye Figueroa.

Las participantes que se mantuvieron constantes en el taller fueron 8, de entre 23 y 51 años, y al terminar manifestaron un alto nivel de satisfacción, reflejado en las respuestas que dieron en las encuestas aplicadas: “Aprendí a trabajar con gente que a una no le agrada, ver el proceso de cuidado y cultivo, ver que todas las plantas tienen vida y no sólo para una, sino que entregan vida a las personas”; “Para mí fue espectacular el taller porque, además de que Gendarmería nos deje salir —un signo de confianza—, el aire, el aroma; salir es distinto a estar encerrada, una agarra la libertad aquí afuera”; “Aquí se necesitan más talleres. Hay que empezar igual que los niños, de a poco. Hay muchas que quieren jardinería, pero hay que enseñarles que no roben, que se comporten (…). Una nunca termina de aprender, todos los días se aprenden cosas bonitas. (…) jardinería se necesita al máximo”.

Una de las finalidades del proyecto es promover condiciones esenciales para un buen ambiente de aprendizaje y trabajo, pero que, a su vez, son difíciles de conseguir en un centro penitenciario por distintas razones: las reclusas conviven con roces y problemáticas propias de su situación, perciben la falta de confianza que hay por parte de las gendarmes, que están atentas a que no ocurra nada distinto de lo normal y, además, los monitores de los talleres no tienen el tiempo ni van con la frecuencia suficiente como para establecer vínculos. No obstante, mirando hacia atrás, para ellos fue un bonito desafío trabajar con aquellas alumnas más “difíciles”. Las actividades terminaron con una pequeña ceremonia de reconocimiento al trabajo realizado por las internas que conmovió a la comunidad de la FAIF y que hoy ha llevado a desarrollar una iniciativa en conjunto con el Preuniversitario de la UC al interior del recinto penitenciario, que busca prepararlas para rendir una buena PSU y que opten por la educación técnica o superior.

 

Notas

  1. Instituto Nacional de Derechos Humanos, “Estudio de las condiciones carcelarias en Chile 2014-2015: Seguimiento de recomendaciones y cumplimiento de estándares internacionales sobre el derecho a la integridad personal”: disponible en https://bibliotecadigital.indh.cl/handle/123456789/1136
  2. Belknap, J., The Invisible Women. Gender, Crime, and Justice, Belmont: Wadsworth, Cengage Learning, 2007; Block, C. R. et al., Long-term Patterns of Offending in Women. Feminist Criminology 5(1), 2010, 73-107; Britton, D. M., The Gender of Crime, Lanham: Rowman & Littlefield, 2010; Moffitt, T. E. et al., Sex Differences in Antisocial Behaviour: Conduct Disorder, Delinquency, and Violence in the Dunedin Longitudinal Study, Cambridge: Cambridge University Press, 2001.
  3. Organización de las Naciones Unidas, “Reglas mínimas para el tratamiento de los reclusos”, 1955, regla 31.
  4. Piñol, D., Espinoza, O. y San Martín, J., Estudio longitudinal de evaluación de resultados de Programa de Tratamiento de Drogas para personas privadas de libertad en Chile, estudio presentado en el Congreso 2015 de la Asociación de Estudios Latinoamericanos (San Juan de Puerto Rico, 2015).
  5. Morales, A. M. et al., La reincidencia en el Sistema Penitenciario chileno, Santiago: Paz Ciudadana, Universidad Adolfo Ibáñez, 2012; Morales, A. M. et. al., Estudio sobre los niveles de exclusión social en personas privadas de libertad, Santiago: Fundación Paz Ciudadana, Fundación San Carlos de Maipo, 2015.
  6. Gendarmería de Chile, 2014.
  7. Fundación Mujer Levántate, “Programa”: disponible en http://mujerlevantate.cl/programa/
  8. Proyecto “Uso de la terapia con horticultura en recintos penitenciarios”, financiado por el XIV Concurso de Investigación y Creación para Académicos Pastoral-VRI. Equipo formado por Rodrigo Figueroa, María Angélica Fellenberg, Teresa Jiménez, Catalina Ortúzar, José María Godoy, Carla Romero, Simón Salazar, Gerardo Ramos, Marianne Becker y Eugenio Bobenrieth.

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