Luego de dos meses como voluntaria en la Fundación Maisha, me di cuenta de algo que no lograba entender: aquí nadie confía en nadie.
La fundación está ubicada en Kibera, uno de los barrios más vulnerables de Nairobi —capital de Kenia—, y acoge a jóvenes embarazadas de entre 15 y 21 años. Hasta ocho mujeres viven juntas en una misma casa, donde se les entrega comida, agua, electricidad y un espacio seguro para atravesar el embarazo y los primeros meses de maternidad.

Al llegar, las veía conversar, reírse, compartir el cuidado de sus hijos y ayudarse entre ellas. A pesar de la precariedad, parecía haber una red de apoyo genuina. La percibí como una comunidad fuerte. Hasta que me tocó mediar un conflicto entre dos de las mamás: “Aquí nadie le desea lo mejor a la otra”. Escuché, después de una larga conversación, y quedé en shock porque la otra estaba completamente de acuerdo. Desde entonces miré la casa de otra manera.
Comprendí que muchas de las relaciones que yo interpretaba como amistad o solidaridad estaban profundamente atravesadas por la necesidad de sobrevivir. La ayuda existía, pero no porque hubiera confianza o afecto, sino porque solas no podían.
En Kibera se vive en torno a la urgencia, en condiciones de extrema precariedad: falta comida, seguridad, estabilidad o dinero. En un escenario así, confiar conlleva riesgo. Poco a poco empecé a notar cómo esa lógica atravesaba incluso los gestos más pequeños del día a día.
Una de mis responsabilidades era comprar y distribuir la comida semanal. Cada lunes teníamos que repartir todo de manera equitativa y asegurarnos de que cada una recibiera exactamente lo mismo, no podía simplemente dejar los alimentos disponibles. Nuestra tarea también consistía en mantener un equilibrio y evitar conflictos velando por que ninguna se quedara con más que otra. Me costó entenderlo. Me frustró sentir que debía controlar cosas tan básicas. También me impresionó descubrir que el gesto más mínimo —como regalar un dulce o comprar algo extra— podría generar expectativas enormes o tensiones entre ellas.

Con el tiempo dejé de interpretarlo desde mis propios parámetros. Empecé a preguntarme qué pasa con las relaciones humanas cuando la vida es atravesada por la escasez. Qué ocurre cuando cada día implica decidir qué comer, cómo cuidar a un hijo o cómo mantenerse a salvo.
También entendí que la desconfianza no era simplemente un problema de personalidad o “malas actitudes”, sino una forma de protección. Y apareció la contradicción más fuerte de todas: aunque no confían entre ellas, igual se ayudan. Se cuidan los hijos, se prestan ropa, cocinan juntas, se acompañan en los embarazos y comparten momentos de risa genuina. La casa funciona gracias a un equilibrio frágil entre apoyo y cautela. La cooperación convive con el cansancio y el miedo a quedarse sin nada.
Creo que eso fue lo más difícil e importante que aprendí durante estos meses: la vulnerabilidad transforma la forma en que las personas se relacionan. Muchas veces, desde afuera, esperamos encontrar historias de comunidad idealizada o solidaridad absoluta en contextos difíciles. Pero la realidad suele ser mucho más compleja.
Muchas veces, desde afuera, esperamos encontrar historias de comunidad idealizada o solidaridad absoluta en contextos difíciles. Pero la realidad suele ser mucho más compleja.
Ir a Maisha me obligó a cuestionar ideas preconcebidas sobre la ayuda, la comunidad y la vulnerabilidad. Entendí que acompañar no siempre significa cambiar radicalmente la vida de alguien, sino simplemente estar, escuchar, sostener y compartir la cotidianeidad. Experiencias como esta son necesarias, no porque “salven” vidas ni porque solucionen la pobreza, sino porque generan pequeños espacios de contención, donde estas mujeres pueden sentirse acompañadas.

Hoy, después de los cuatro meses que duró mi voluntariado, después de lo que aprendí, me encantaría que más personas se atrevieran a vivir experiencias así. No solo para “ir a ayudar”, sino para aprender a mirar realidades distintas con más humanidad, empatía y honestidad. Porque a veces los lugares que parecen más rotos son, también, los que más nos enseñan sobre la condición humana.



