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El encuentro en la plaza

Muchas cosas me sorprenden de las costumbres italianas que he conocido. La valoración de la historia, por ejemplo, que se manifiesta en el patrimonio arquitectónico o en la memoria, siempre presente, de personas y familias que han formado parte del devenir de ciudades, pueblos y regiones.

También me impresiona el sentido de pertenencia a un determinado lugar. Los italianos se identifican con su tierra, que no se asocia con las ciudades famosas o importantes, sino, por el contrario, con los pueblos, villorrios y sus regiones. Se sienten de un lugar, no importa si es grande o pequeño, y les gusta hablar de él destacando sus características y diferencias.

En Italia, además les gusta juntarse. En mi primer fin de semana en el país, pregunté a un amigo argentino qué sucedía en el centro de la ciudad que había tanta gente. Me con- testó que no pasaba nada en especial; “Es siempre así”, explicó. Esa primera impresión se ha repetido en todas las ciudades que he visitado: las personas se reúnen en la plaza, caminan a encontrarse en el centro de la ciudad cada sábado y domingo.

Es una tradición arraigada en la sociedad italiana, la de la “passeggiata” o “un giro” por el centro. De alguna forma, me recuerda a la costumbre, quizás hoy un poco olvidada o desplazada por los centros comerciales, de reunirse en las plazas de armas de las ciudades chilenas. También se asemeja al efecto que ha tenido en la ciudad de Villarrica la costanera, construida hace algunos años y que se ha ido convirtiendo, poco a poco, en un lugar de paseo y encuentro de los habitantes y visitantes de la zona.

La tradición de ir a la plaza el fin de semana es una instancia para encontrarse, detenerse a conversar en una esquina o, a lo menos, saludarse. Es una invitación social a compartir el día a día, sin necesidad de eventos especiales, solo por el gusto de estar juntos. También es una forma de hacerse partícipe del lugar, de apropiarse del espacio público, creado y mantenido por y para todos. La plaza italiana es una plaza dura, sin árboles, sin vegetación y casi sin mobiliario; es un espacio con fuentes de agua y pavimento, pero en ella hay niños, jóvenes, ancianos, inmigrantes, turistas y residentes. Es un lugar de todos, una llamada a reunirse con el otro.

Estas características me han hecho reflexionar sobre nuestro modo de ser en Chile y sobre algunos desafíos que tenemos como país, como el conocer y valorar la propia historia o desarrollar el sentido de pertenencia a un lugar. Por otra parte, es en estos momentos, en que vemos al otro con desconfianza, incluso con miedo, cuando más debemos ir en busca de esos espacios de reencuentro, y esta tradición italiana, del paseo cotidiano por la plaza, es un buen modo de emprender el camino.

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