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Si en mí está la verdad, tiene que explotar

Una reflexión sobre la persona del Beato Juan Pablo II

Con este clamor al mundo, Juan Pablo II iniciaba su pontificado: «¡No tengáis miedo! ¡Abrid, aún más, abrid de par en par, las puertas a Cristo!…Cristo sabe lo que hay dentro del hombre. ¡Solo Él lo sabe!»[1].

¿Qué había detrás de esta apasionada invitación? La respuesta la encontramos en su primera Encíclica, que explica el espíritu de todo su pontificado: «Cristo Redentor, […] revela plenamente el hombre al mismo hombre»[2]. «El hombre que quiere comprenderse hasta el fondo a sí mismo –no solamente según criterios y medidas del propio ser inmediatos, parciales, a veces superficiales e incluso aparentes– debe, con su inquietud, incertidumbre e incluso con su debilidad y pecaminosidad, con su vida y con su muerte, acercarse a Cristo»[3]. Esta convicción fue la que movió todo el ministerio pastoral de Karol Wojtyla, y traspasó su vida sacerdotal, episcopal y de Vicario de Cristo. Su existencia fue un testimonio viviente de quien ha descubierto el Tesoro Escondido; un estupor invencible ante el infinito amor de un Dios que, haciéndose hombre, nos ama sin condiciones y hasta el extremo de dar su vida por nosotros, y nos revela cuánto valemos para Él, junto con la inmensa dignidad que nos ha dado. Desde aquí,  da el siguiente paso: Cristo, que muestra por una parte el rostro amoroso de Dios, revela al mismo tiempo, con su existencia humana, el verdadero modo de ser hombre, a su imagen y semejanza, creado para amar y para ser amado.

«¡No tengáis miedo! ¡Abrid, aún más, abrid de par en par, las puertas a Cristo!… Cristo sabe lo que hay dentro del hombre. ¡Solo Él lo sabe!».

Ver a Cristo es entender quién es el hombre. Juan Pablo II, como su vicario en la tierra, se configuró a tal punto con Él, que su vida fue ser un reflejo de Cristo y, por lo mismo, fue un ser humano tremendamente humano.

Así, la vida del papa polaco fue un estar expuesto permanentemente al amor infinito de Dios; un estar siempre viviendo de cara a Él, dejándose amar y amándolo con todo su corazón, con toda su alma y con todas sus fuerzas. Son innumerables los testimonios de esta primacía de Dios en toda su existencia; el lugar primordial que tenía en su vida y ministerio la Eucaristía, a la que calificaba como su «deber más sagrado» y «la necesidad más profunda de su alma»[4]. Las largas horas que dedicaba diariamente a la oración, a pesar de su inagotable actividad; su capacidad para, literalmente abstraerse de todo, cuando entraba en esa comunión con su Señor. Nada le impedía que esto se llevara a cabo.

Excursión al aire libre durante abril de 1952. Zakopane, Montes Tatra, en la frontera sur de Polonia. «Al contacto de Cristo despunta la vida», decía Karol a los chicos que lo acompañaban.

Es particularmente ilustrador el testimonio del sacerdote Franciszek Tokarz. Muchas veces le tocó viajar con el padre Karol en tren toda la noche desde Cracovia a Lublin, en cuya universidad el futuro papa dictaba clases una vez a la semana. El padre Tokarz comentaba que en el tren al amanecer, «al momento de despertar, yo salgo del compartimento a fumar un cigarro, pero Karol se arrodilla frente a la ventana y reza, reza, reza sin terminar»[5]. Pero este estar «sumergido en Dios», lejos de alejarlo de los hombres, lo llevó a tomar apasionadamente en sí mismo, como propia, la gran causa de Cristo: amar, levantar, defender y dignificar al ser humano, a la luz de quien es su modelo: Cristo.

Sus palabras a los jóvenes de Costa Rica expresan lo que movía su espíritu tan intensamente: «…vale la pena esforzarse por ser mejor, …vale la pena trabajar por una sociedad más justa, …vale la pena defender al inocente, al oprimido, al pobre; …vale la pena sufrir para atenuar el sufrimiento de los demás; …vale la pena dignificar cada vez más al hombre hermano. Vale la pena, porque ese hombre no es el pobre ser que vive, sufre, goza, es explotado y acaba su vida con la muerte; sino que es un ser imagen de Dios, llamado a la amistad eterna con Él: un ser que Dios ama y quiere que sea amado. Sí, quiere que no solo sea respetado –que es el primer y básico paso–, sino que sea amado por sus semejantes»[6]. Esto no es más que los sentimientos del corazón de Jesús, que desde la Cruz nos está diciendo cuánto vale la pena la causa del hombre: hasta el punto de haber muerto por amor a él. El amor y respeto del padre Karol, del Cardenal Wojtyla y de Juan Pablo II por el ser humano, es una constante impresa a fuego en su alma y que traspasa a través del más profundo centro todas sus enseñanzas, su magisterio pontificio, su inagotable celo apostólico y misionero y, lo más importante, su modo de ser hombre; dándose, pensando en los otros hasta los últimos instantes de su vida.

Son tantos los testimonios de personas, de enfermos, de sufrientes que se sintieron conmovidas por el amor de este hombre extraordinario.

Durante su última salida en Kayak. Según su tradición, regalaba dulces a todos. Se encuentran en «la mesa larga» (23 al 30 de agosto, 1978).

Especialmente representativa de lo que fue su papado es la experiencia contada por una mujer judía, en aquel entonces de 13 años, rescatada por un joven recién ordenado sacerdote al final de la guerra. Su nombre es Edith Zirer. Ella misma lo cuenta: «El 28 de enero de 1945 los soldados rusos liberaron el campo de concentración de Hassak, donde había estado encerrada durante casi tres años trabajando en una fábrica de municiones. Me sentía confundida, estaba postrada por la enfermedad. Dos días después, llegué a una pequeña estación ferroviaria entre Czestochowa y Cracovia. Estaba convencida de llegar al final de mi viaje. Me eché por tierra, en un rincón de una gran sala donde se reunían decenas de prófugos que en su mayoría todavía vestían los uniformes con los números de los campos de concentración. Entonces Wojtyla me vio. Vino con una gran taza de té, la primera bebida caliente que había podido probar en las últimas semanas. Después me trajo un bocadillo de queso, hecho con pan negro polaco, divino. Pero yo no quería comer, estaba demasiado cansada. Él me obligó. Después me dijo que tenía que caminar para coger el tren.

Lo intenté, pero me caí al suelo. Entonces, me tomó en sus brazos, y me llevó durante mucho tiempo. Mientras tanto la nieve seguía cayendo. Recuerdo su chaqueta marrón, la voz tranquila que me reveló la muerte de sus padres, de su hermano, la soledad en que se encontraba y la necesidad de no dejarse llevar por el dolor y de combatir para vivir. Su nombre se grabó indeleblemente en mi memoria», cuenta. Con todo esto podemos responder a la pregunta, ¿por qué este hombre ha conmovido tanto al mundo? Y la respuesta está en que se sumergió en la verdad más honda del ser humano a partir de su configuración con Jesucristo. Su humanidad tan plenamente humana viene del hecho de que su corazón estaba enraizado en los amores del más auténtico hombre: Jesús. Él descubrió desde su juventud, con absoluta convicción, que esa era la verdad del hombre. De ahí la frase de uno de sus poemas: «Si en mí está la verdad, tiene que explotar / no puedo rechazarla / me rechazaría a mí mismo»[7].

Paseo al lago Mazury durante agosto de 1956, al noreste de Polonia. Estar sumergido en Dios, lejos de alejarlo de los hombres, lo llevó a amar, levantar, defender y dignificar al ser humano.

El 1 de mayo pasado, cuando el papa Benedicto XVI terminó la fórmula de beatificación de Juan Pablo II, más de un millón de personas estalló en gozo, hubo lágrimas de alegría, ondearon banderas cuyos colores representaron a muchos países y, finalmente, un prolongado aplauso. Fue el reconocimiento de quienes fueron capaces de ver en Juan Pablo II más que una persona querida… mucho más. Ese gozo era celebrar al auténtico ser humano, imagen y semejanza de Dios, hecho para amar y para ser amado, según el auténtico modelo del hombre: Cristo. Cada hombre y mujer que ha amado a Karol Wojtyla ha visto –quizá inconscientemente– la verdad del ser humano manifestada en su vida y, en ella, el anhelo de cada uno de sus corazones. A sus 24 años, el joven Karol escribía en uno de sus poemas: «El Amor me lo ha aclarado todo / el Amor me lo ha solucionado todo / por eso glorifico el Amor / en cualquier lugar en que se manifieste»[8]. En todos los innumerables encuentros de Juan Pablo II con la gente, así como en su beatificación, todos esos hombres y mujeres han glorificado el Amor en el corazón de un hombre donde se ha manifestado. Que su vida nos lleve a reconocer, también nosotros, nuestra grandeza humana en el Amor, para decir junto al gran Karol: ¡Si en mí está la Verdad, debe explotar!

 

 

[1] Juan Pablo II, Homilía inicio pontificado, 22 de octubre de 1978.

[2] Redemptor Hominis 10, (Cfr. Constitución Apostólica Gaudium et Spes 22).

[3] Ibíd.

[4] Juan Pablo II, Don y Misterio.

[5] Adam Boniecki, The Making of de Pope of the Millenium.

[6] Juan Pablo II a los jóvenes de Costa Rica, 3 de Marzo de 1983.

[7] El nacimiento de los confesores, 1962.

[8] Cántico al Dios oculto, 1944.

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