Por: Camila Valenzuela Von Appen
En mi primer encuentro con la capilla, hace unos tres años, reinaba una calma casi absoluta en el Campus Oriente. Por un costado entraba la luz que atravesaba el patio de la escuela de teatro. Desde el otro lado, donde se encuentra el templo, resonaba la voz del coro. Cuando comencé a pintar, los agapantos que se veían desde la ventana eran apenas botones. Parecía que el tiempo al interior corría de otra manera.
Cada día se acercaba alguien a saludar o comentar sus impresiones. Se percibía un espíritu de comunidad, un espacio pequeño, pero sagrado. En ese ambiente trasladé al muro la idea original, que se mantuvo casi intacta. Sin embargo, un par de elementos cambiaron respecto del boceto.
La línea de horizonte estaba inicialmente más definida, como a la mitad de la altura del mural. Por algún motivo esa línea, dibujada por los árboles, comenzó a elevarse, al punto de difuminarse y fundirse con el cielo. Por otra parte, las flores de agapanto, que observé cambiar durante mi estancia, quedaron plasmadas en dos versiones: una antes de brotar, junto a los pies de Cristo, la otra, florecida y situada en la parte baja del muro, junto al resto de la vegetación.
Me gusta imaginar que las flores son más que un escenario, que reflejan el transcurso del tiempo en el Campus, tan cotidiano, tan visible para la comunidad. Otras veces me pregunto si la línea de horizonte perdida fue la manera que encontré de dar forma a la sensación que tenía constantemente en la capilla, la de estar en un lugar pequeño, pero imposible de medir en el espacio, de reflexión; infinito, sin límites.
Camila Valenzuela von Appen, licenciada en Arte UC (2013) | valenzuelavonappen@gmail.com



